miércoles, abril 26, 2006

Buscando un maestro

Empiezo a pensar que tal vez la Gran Pregunta no es "¿qué es la realidad?", sino más bien "¿en qué realidad quiero estar?"; porque, debo afrontarlo, hasta el momento me ha resultado imposible dar con una jerarquía sistemática de los diversos estratos del cosmos psicomaterial. Es muy posible que lo que me he propuesto denominar 'coordenadas dimensionales' no sean, como ya he dicho, propiedades dispares pero consistentes de la materia, sino expresiones totalmente independientes de ella, generadas tal vez espontáneamente a partir de quién sabe qué confuso conjunto de fenómenos cuánticos.
Es molesto para la mente entrenada toparse una y otra vez con el celebérrimo Problema Solipsista de la filosofía, pero es algo también inevitable, sobretodo teniendo en cuenta el patético oscurantismo fanático al que nos vemos expuestos día a día.
Quisiera tener una respuesta definitiva. Incluso una respuesta con sabor a tragedia. Un desenlace fatal. Quisiera poder deciros "ésta es la verdad, aquí la tenéis, limpia, doblada y empaquetada, haced con ella lo que queráis". Pero no puedo: por una parte, no sería ético. Por otra parte, seríais unos estúpidos si aceptárais semejante proclama.
Y de todas formas no tengo ninguna 'verdad fundamental' que ofrecer. Cada respuesta que encuentro trae adosada una gigantesca ristra de preguntas imposibles.
A veces creo estar volviéndome loco.
Y pienso, ¿qué derecho tengo a motivar la curiosidad de quien es dichoso en su ignorancia? La satisfacción de encontrar la esquiva respuesta a un problema filosófico nunca estará a la altura de la sencilla felicidad de contemplar un atardecer en soledad, o de yacer bajo las sábanas junto a la persona amada. La sensualidad del mundo, con toda su efímera intrascendencia, superará siempre el duradero y escuálido placer del intelectual.
Por eso, por una vez, por una sola vez en esta serie de cartas, dejadme ser mi propio abogado del diablo.
No transéis vuestra felicidad. No la cambiéis por nada.
De alguna forma sé que las respuestas que busco están en mí mismo. Es una seguridad trágica e incómoda: finalmente soy yo, es cada uno de nosotros, quien decide en qué creer y cómo vivir. Tomamos decisiones y debemos afrontar las consecuencias.
No tenéis por qué hacer caso de los panfletos incendiarios de la gente que, como yo, ha tomado la decisión de escarbar la realidad hasta romperse las uñas. No tenéis por qué hacer caso de quienes os prometen un mundo feliz a cambio de una vida de privaciones y sacrificios, mientras ellos disfrutan aquí y ahora escondidos tras sus sotanas y altares. No tenéis por qué hacer caso de nadie más que vosotros mismos. Pero, desde luego, una vez que hayáis elegido un camino, no debéis esperar ayuda de nadie más que vosotros mismos.
Tal vez soy un hipócrita. Perdonadme.
Yo mismo busco a alguien. Pero por otro lado, estoy dispuesto a dar algo a cambio. Una vez que se ha sacrificado la felicidad, cualquier trueque parece ventajoso.

S.A.