jueves, febrero 02, 2006

Vern

Uno de los experimentos más famosos de Vern Yaiszenn’Wër (1031-1115 DC) es el de la pecera cubierta. Si aún no ha sido borrado de la memoria de nuestras universidades se debe sólo a que, al igual que la mayoría de las investigaciones y descubrimientos de la época, las elucubraciones de Yaiszenn’Wër rara vez consiguieron burlar el muro de la teoría. La Iglesia, después de todo, si bien no promueve el pensamiento libre, no malgasta sus fuerzas condenando lo indemostrable (eso sería, después de todo, condenarse a sí misma).
El experimento de la pecera plantea algunas interrogantes ancestrales. El ensayo resulta irrisorio por su simplicidad: una pecera transparente, habitada por un único pez anaranjado, es cubierta con un paño negro completamente opaco. ¿Está vivo el pez, o está muerto, flotando barriga arriba, o quizás está medio vivo, medio muerto? ¿Existe siquiera el pez, ya que no podemos verlo? ¿Existe la pecera, acaso?
Éstas, cada cual más profunda que la anterior, son las hipótesis propuestas, que pueden resumirse con el insoluble acertijo milenario “¿hace ruido un árbol que cae en el bosque, si nadie puede oírlo?”.
La respuesta es sí, desde luego. Cientos de métodos de medición no tradicionales fueron desarrollados durante la Era de la Luz, de tal forma que los cinco sentidos naturales del ser humano quedaron obsoletos ante las capacidades infrarrojas, ultrasónicas, cuantérmicas y paneléctricas de las máquinas y dispositivos desarrollados. No hacía falta ver, oír o sentir al pez oculto para determinar su existencia y su vitalidad.
Sin embargo, en un sentido más psicológico, las preguntas de Yaiszenn’Wër seguían sin respuesta. La técnica había cambiado, así que había que cambiar la forma, extrapolar los conceptos, y llegaríamos al mismo dilema.
¿Existe el mundo cuando no podemos medirlo conscientemente?
Si cerramos los ojos, podemos asegurar que el mundo sigue allí. Incluso si estuviéramos absolutamente solos en el cosmos, simplificando el problema de considerar al resto de la población como creaciones de nuestra imaginación, aún podríamos decir que el mundo sólo ha perdido una de sus cualidades (la del color), pero seguimos siendo capaces de distinguir sus formas y texturas, saborear y oler sus componentes, escuchar sus sonidos.
Sabemos que el mundo puede afectarnos, porque estamos completamente convencidos de su existencia, y de las cadenas materiales que nos atan a él.
En definitiva, todo lo que pertenece al mundo nos afecta.
Pero, amigos mío, no todo lo que nos afecta pertenece al mundo.
Hay cosas que no vemos, voces que no oímos, sabores que no degustamos, aromas que no apreciamos, y que sin embargo modifican nuestras vidas, conducen nuestras acciones, alteran nuestros estados de ánimo.
No hagáis caso a los alarmistas del Culto, que os advierten sobre mí. Yo no quiero que seáis ciegos al mundo que nos rodea, ya os lo he dicho. Para vivir en mi mundo no necesitáis abandonar el vuestro.
Abrid los ojos.
¡¡Abrid los ojos!!