¿Qué es la realidad?
De las innumerables disciplinas filosóficas que han batallado a lo largo de la historia por imponer su respuesta, la más desacreditada por las distintas iglesias predominantes, desde los primitivos cultos panteo-animistas a la doctrina del advenimiento de Crisos y la Reformulación de la Trinidad, ha sido siempre el materialismo positivista, cuyo dogma de fe se podría resumir de la siguiente manera: ‘es real sólo lo que es tangible’.
Por supuesto, con el correr de las centurias y el desarrollo por parte de Hümmel, a finales de la Era de la Luz, de la Teoría del Objetivismo Corpuscular, la chocante afirmación fue limada de asperezas y transformada en la más suave y conciliadora oración ‘es real todo lo que se puede medir’.
El Culto, claro está, desestimó los esfuerzos de Hümmel y compañía, ya que la tecnología científica de la época, mucho más avanzada de la que hemos heredado, resultaba incapaz de medir inequívocamente conceptos tales como el alma, los sueños, las ideas o el amor. Era mucho más cómodo para los escolásticos y demás próceres de la iglesia apoyar las viejas doctrinas dualistas de Taddews y Baltz, las hipótesis relativistas de Gruhshkvëddel, Corrinho y Xao, y la Teoría de la Resonancia Mórfica de Aurora Byrmann. Todas ellas manifestaban en definitiva la existencia de cuando menos dos dimensiones o realidades, solapadas mutuamente y, dependiendo de la filosofía, estrechamente relacionadas entre sí o completamente excluyentes.
Casi invariablemente, la iglesia promulgó la hegemonía del Culto en la apresuradamente denominada ‘realidad espiritual’, un mundo en el que las leyes divinas contradecían alegremente los mandatos de las teorías científicas que organizan la ‘realidad física’. Algunos de los más devotos servidores de Dios, proclama la iglesia, son capaces de canalizar la energía mística del protoplásmico reino subyacente, desordenando leyes de otro modo intransigentes, como la gravedad o el cada vez menos entendido electromagnetismo.
Así, el mundo, obligado por el miedo a bajar la cabeza y portar el yugo de un monoteísmo intrínsecamente político y, pese a todo, muy ‘material’, aceptó sin demasiada emoción la existencia de un cielo lleno de ángeles y un infierno repleto de demonios y almas condenadas, y siguió esforzándose por luchar contra las inclemencias de una tierra incomprensiblemente injusta.
Otra manera de decir lo mismo es ésta: los hombres fueron obligados a vivir un mundo material impuesto, aspirando siempre a un mundo espiritual inalcanzable.
Los hombres siguen siendo obligados a batallar contra los elementos en una realidad que muchas veces ha sido tildada de sucia, imperfecta y pecaminosa, mancillando las posibilidades del más pío de los humildes de llegar a ver su alma sentada a la mesa de Dios.
¿Y qué es lo que yo digo? ¿Acaso niego la existencia de un mundo espiritual, más allá del nuestro, encima, debajo y alrededor del nuestro? ¿Acaso propongo olvidar el alma, abandonar la moral y vivir inmersos en el aquí y ahora, en una vorágine de los sentidos y las sensaciones?
No, no es eso lo que propongo.
Porque yo he visto. He visto un mundo, un mundo que no es otro, sino el mismo. Uno que siempre ha estado ahí. Un mundo distinto, más amplio, tal vez incluso más extraño, quizás más peligroso. No saldré a gritar a las plazas, como uno de aquellos primeros profetas, a engatusar a los hombres simples ofreciendo una vida mejor. No sé si al abrir los ojos encontraréis una vida mejor.
Después de todo, tal vez nada sea mejor que vivir como una oveja atemorizada, trasquilada cada invierno para que los pastores puedan tejerse nuevas sotanas, trotando ciegamente hacia el matadero.
Por supuesto, con el correr de las centurias y el desarrollo por parte de Hümmel, a finales de la Era de la Luz, de la Teoría del Objetivismo Corpuscular, la chocante afirmación fue limada de asperezas y transformada en la más suave y conciliadora oración ‘es real todo lo que se puede medir’.
El Culto, claro está, desestimó los esfuerzos de Hümmel y compañía, ya que la tecnología científica de la época, mucho más avanzada de la que hemos heredado, resultaba incapaz de medir inequívocamente conceptos tales como el alma, los sueños, las ideas o el amor. Era mucho más cómodo para los escolásticos y demás próceres de la iglesia apoyar las viejas doctrinas dualistas de Taddews y Baltz, las hipótesis relativistas de Gruhshkvëddel, Corrinho y Xao, y la Teoría de la Resonancia Mórfica de Aurora Byrmann. Todas ellas manifestaban en definitiva la existencia de cuando menos dos dimensiones o realidades, solapadas mutuamente y, dependiendo de la filosofía, estrechamente relacionadas entre sí o completamente excluyentes.
Casi invariablemente, la iglesia promulgó la hegemonía del Culto en la apresuradamente denominada ‘realidad espiritual’, un mundo en el que las leyes divinas contradecían alegremente los mandatos de las teorías científicas que organizan la ‘realidad física’. Algunos de los más devotos servidores de Dios, proclama la iglesia, son capaces de canalizar la energía mística del protoplásmico reino subyacente, desordenando leyes de otro modo intransigentes, como la gravedad o el cada vez menos entendido electromagnetismo.
Así, el mundo, obligado por el miedo a bajar la cabeza y portar el yugo de un monoteísmo intrínsecamente político y, pese a todo, muy ‘material’, aceptó sin demasiada emoción la existencia de un cielo lleno de ángeles y un infierno repleto de demonios y almas condenadas, y siguió esforzándose por luchar contra las inclemencias de una tierra incomprensiblemente injusta.
Otra manera de decir lo mismo es ésta: los hombres fueron obligados a vivir un mundo material impuesto, aspirando siempre a un mundo espiritual inalcanzable.
Los hombres siguen siendo obligados a batallar contra los elementos en una realidad que muchas veces ha sido tildada de sucia, imperfecta y pecaminosa, mancillando las posibilidades del más pío de los humildes de llegar a ver su alma sentada a la mesa de Dios.
¿Y qué es lo que yo digo? ¿Acaso niego la existencia de un mundo espiritual, más allá del nuestro, encima, debajo y alrededor del nuestro? ¿Acaso propongo olvidar el alma, abandonar la moral y vivir inmersos en el aquí y ahora, en una vorágine de los sentidos y las sensaciones?
No, no es eso lo que propongo.
Porque yo he visto. He visto un mundo, un mundo que no es otro, sino el mismo. Uno que siempre ha estado ahí. Un mundo distinto, más amplio, tal vez incluso más extraño, quizás más peligroso. No saldré a gritar a las plazas, como uno de aquellos primeros profetas, a engatusar a los hombres simples ofreciendo una vida mejor. No sé si al abrir los ojos encontraréis una vida mejor.
Después de todo, tal vez nada sea mejor que vivir como una oveja atemorizada, trasquilada cada invierno para que los pastores puedan tejerse nuevas sotanas, trotando ciegamente hacia el matadero.


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