jueves, febrero 02, 2006

Mentiras

No es difícil encontrar razones para ocultar el conocimiento. La historia es pródiga con el que busca situaciones en las que las ansias de saber son motivo de castigo. Cada civilización en la cúspide de su desarrollo tiende a jactarse de haber dilucidado todos los secretos del cosmos, ridiculizando y humillando a quienes se atreven a defender hipótesis novedosas que atentan contra el sentido común; sentido común que desde luego evolucionó a partir de un sentido muy poco común tres, dos o tan sólo una generación antes. En sociedades marcadamente autoritarias, tiranías, estados policiales y teocracias fundamentalistas, la búsqueda del conocimiento se encuentra encauzada por los poderes gobernantes, y quienes se alejan del cauce se arriesgan a algo más que el ridículo y el desprecio. Los cronistas hemos sido testigos de las infames torturas y cacerías de brujas que poblaron durante siglos las páginas de la historia, antes de que nuestro temor venciera a nuestros escrúpulos y agacháramos la cabeza frente a la cáustica luz de dios y su rencorosa iglesia. El crisol de la ciencia se ha enfriado tanto en los últimos años que ya contiene sólo una agria y pantanosa mezcla de principios oscuros e incomprensibles. La época de la razón alcanzada por la humanidad hace poco más de trescientos años fue un respiro de tolerancia y eclecticismo que los sacerdotes del culto se apresuraron a sofocar. Desde entonces el reloj retrocede acelerando uniformemente a medida que la superstición, mimetizada como un cazador furtivo tras poderosos dogmas pseudocientíficos, devora las teorías retransformándolas en sueños imposibles de visionarios locos. No podemos volar. No podemos comunicarnos sin emplear las manos, los labios, las cuerdas vocales. No podemos sintonizar los pensamientos de dios. No podemos predecir el futuro. El pasado se consume como una colilla y la iglesia, el miedo, la pereza y la desesperanza nos aprisionan en un presente edificado por unos pocos. El mundo les pertenece. Nuestros pensamientos les pertenecen. La verdad ha sido atrapada, violada, desprestigiada y vomitada convertida en un amasijo de harapos indescifrables con los que apenas podemos cubrir nuestra vergüenza. Hemos puesto el mundo en manos de mentirosos.

No tenemos muchas opciones. Podemos seguirlos ciegamente al abismo como ratas al flautista. Podemos alzarnos contra su autoridad, lanzarnos como furiosos proyectiles contra los muros de sus fortalezas, asesinarlos o morir en el intento. O podemos ser pacientes. Darles su propia medicina y mentirles.