Dimensiones (II)
No es tan difícil entender la Dimensión Espiritual como lo es explicarla. A la mayoría de quienes hemos atravesado las sinuosidades semánticas del mundo académico sureño, tratando de mantener cierta objetividad deísta y a la vez perdiendo gran parte de la intuición feral de las comunidades tribales, nos resultará una tarea complicada, como les ha resultado a lo largo de la historia a todos quienes han presenciado descubrimientos científicos y revoluciones industriales que echaban por tierra los pilares que, hasta entonces, soportaban la civilización.
Lo mejor que puedo hacer por el momento es afirmar la importancia del mundo material, y usarlo como piedra fundamental para edificar sobre él un mundo etéreo, imaginario, pero real (contraposición por otra parte absurda: la imaginación es real, nuestros pensamientos son reales). Hablaré de dos mundos, el material y el espiritual, sólo porque es más sencillo de aprehender, pero el objetivo final de mi estudio debería ser hallar las claves de la existencia, no las de una coexistencia con propiedades excluyentes independientes.
Será más sencillo entender el mundo espiritual si lo definimos como una propiedad del mundo material, en lugar de cómo una dimensión aislada subyacente. Ésta será entonces nuestra primera hipótesis: todas las cosas tienen una cualidad espiritual intrínseca. Todas las cosas (y todas las criaturas) proyectan campos de fuerza a su alrededor. El hecho de que en la mayoría de los casos prácticos la atracción gravitatoria o el aura electromagnética de una silla sean despreciables no significa que tales entidades físicas no estén ahí. Es posible, con el instrumental adecuado, medir tanto G como Eq, como cualquier otro campo de fuerza emanado por la individualidad denominada silla. Y estaremos de acuerdo en que, hasta hace apenas 350 años, no había forma alguna de calcular mecánicamente estos valores, y tanto G como Eq, como cualquier otro campo de fuerza ídem, eran tan sólo parte del acervo teórico de los manuales de astrología y alquimia.
Lo mismo sucede con la fuerza espiritual. Al igual que la gravedad hace medio milenio o el potencial electroquímico hace trescientos años, sabemos que existe (o algunos lo sabemos, en todo caso) y sabemos que tiene determinada influencia en la materia y las demás fuerzas naturales, influencia que muchas veces sentimos sin saber explicar; pero, lamentablemente, somos incapaces (o algunos lo somos, entre los que aseguramos su existencia) de medir objetiva y científicamente su magnitud.
Yo por lo menos no tengo la menor idea sobre cuáles son los parámetros que determinan la presencia de una mayor o menor fuerza espiritual asociada a un determinado objeto o criatura. Sabemos que la gravedad tiene que ver con la masa y el inverso proporcional de la distancia. Sabemos que el potencial electroquímico tiene estrecha relación con la composición iónica de la materia, lo que a su vez requiere un detallado conocimiento de la composición metalomolecular del espécimen. Sabemos que la temperatura tiene que ver con el movimiento, y nuestros ilustres antepasados tenían sospechas de una relación entre el número de neurofilamentos cerebrales y las difamadas actividades pseudocientíficas llamadas telepatía y telequinesis.
Casi todas las fuerzas mencionadas podían ser visualizadas directamente en base a sus consecuencias inmediatas, o transformadas en señales luminosas, sonoras o colorimétricas por diferentes instrumentos y programas computacionales, de tal forma que las relaciones mencionadas fueran evidentes e indiscutibles.
El aura espiritual, sin embargo, y por lo que yo he sido capaz de observar, no tiene relación alguna con ninguna cualidad física de la materia. O quizás, al contrario, es precisamente producto de la simple existencia de las interacciones cuánticas y el baile orbital de los electrones. ¿La gallina o el huevo? ¿Cómo saberlo?
Pero existe, os digo que existe.
Mientras la iglesia no retire a sus verdugos y queme sus guillotinas, será imposible para los que amamos nuestras cabezas dedicarnos a desentrañar adecuadamente estos misterios. Pero creo que cuando menos puedo, desde aquí, daros pistas para que halléis vosotros mismos:
1. Halla un lugar retirado, tranquilo y seguro. Idealmente, al aire libre, pero cualquier habitación silenciosa y acogedora servirá.
2. Requerirás tiempo, así que avisa a tus conocidos que no te molesten ni te interrumpan.
3. Sitúate en una posición cómoda, pero no tanto que te induzca al sueño. Tampoco debe ser una posición que requiera esfuerzo o concentración. Simplemente siéntate y no pienses más en ello.
4. Enfoca tu mirada en un punto cualquiera. Puede ser la hoja de un árbol o una cortina de lino. Trata de enfocarte en algo que vaya a estar allí al menos tanto tiempo como tú. Una nube no serviría, porque es probable que desaparezca antes de que logres nada. Una piedra o uno de tus zapatos servirá.
5. Concéntrate en ese punto y grábalo en tu retina. Luego cierra los ojos.
6. Paso a paso, tan lentamente como sea necesario, empieza a reconstruir la historia del objeto enfocado. Si elegiste un cinturón de cuero, imagínalo colgado junto a otros cintos en la tienda, imagina al vendedor, imagina al curtidor, imagina al cazador, imagina al animal del que provino el cuero, imagínalo cuando fue la cría de otro animal, cada vez más atrás en el tiempo, generación tras generación, cuando había menos gente y más bosques, imagina las colinas alzándose, antes de ser rebajadas por la erosión de los siglos, sigue hacia atrás, y luego regresa, poco a poco, sin perder de vista el pasado, de animal en animal y luego de hombre en hombre hasta tus manos. Abre los ojos y mira de nuevo el cinto. Está lleno de historia. No fue creado de la nada ayer o antes de ayer. Su olor, su forma, su textura. Miles de años condensados en un cinto.
6. Al principio te sentirás tentado de hacer saltos rápidos hacia el pasado, pero debes tratar de hacer las cosas lentamente. Cada hombre que participó en la manufactura de un tenedor tuvo una vida larga llena de años llenos de semanas llenas de horas. Imagina cada día de la vida de esos hombres. Imagina al minero extrayendo el metal. Imagina el metal en la montaña. Parece estar quieto, pero se mueve. Medio centímetro cada siglo, siglo tras siglo. Si vas hacia atrás lo verás como un río, como la sangre de la tierra. Toneladas de piedra viva encima. Kilómetros de roca ardiente debajo. Sigues hacia atrás en la vida del tenedor, hasta que la presión desaparece y el metal se desmenuza, cuando el hierro era sólo un montón de raspaduras dispersas.
7. Elige algo más. Tómate tu tiempo con cada cosa, puedes escoger una distinta cada vez.
8. Acostúmbrate a rastrear el pasado de todo lo que te rodea. Las vidas que dejaron parte de su esencia en cada cosa. Cada piedra fue alguna vez una montaña. Cada hombre fue alguna vez un montón de hombres distintos.
No te rindas. Tienes todo el tiempo del mundo. No es un concurso ni una carrera. No hay ningún premio para el que lo logre. No te obsesiones, no descuides tu vida. Nada es más importante que tu vida.
Lo mejor que puedo hacer por el momento es afirmar la importancia del mundo material, y usarlo como piedra fundamental para edificar sobre él un mundo etéreo, imaginario, pero real (contraposición por otra parte absurda: la imaginación es real, nuestros pensamientos son reales). Hablaré de dos mundos, el material y el espiritual, sólo porque es más sencillo de aprehender, pero el objetivo final de mi estudio debería ser hallar las claves de la existencia, no las de una coexistencia con propiedades excluyentes independientes.
Será más sencillo entender el mundo espiritual si lo definimos como una propiedad del mundo material, en lugar de cómo una dimensión aislada subyacente. Ésta será entonces nuestra primera hipótesis: todas las cosas tienen una cualidad espiritual intrínseca. Todas las cosas (y todas las criaturas) proyectan campos de fuerza a su alrededor. El hecho de que en la mayoría de los casos prácticos la atracción gravitatoria o el aura electromagnética de una silla sean despreciables no significa que tales entidades físicas no estén ahí. Es posible, con el instrumental adecuado, medir tanto G como Eq, como cualquier otro campo de fuerza emanado por la individualidad denominada silla. Y estaremos de acuerdo en que, hasta hace apenas 350 años, no había forma alguna de calcular mecánicamente estos valores, y tanto G como Eq, como cualquier otro campo de fuerza ídem, eran tan sólo parte del acervo teórico de los manuales de astrología y alquimia.
Lo mismo sucede con la fuerza espiritual. Al igual que la gravedad hace medio milenio o el potencial electroquímico hace trescientos años, sabemos que existe (o algunos lo sabemos, en todo caso) y sabemos que tiene determinada influencia en la materia y las demás fuerzas naturales, influencia que muchas veces sentimos sin saber explicar; pero, lamentablemente, somos incapaces (o algunos lo somos, entre los que aseguramos su existencia) de medir objetiva y científicamente su magnitud.
Yo por lo menos no tengo la menor idea sobre cuáles son los parámetros que determinan la presencia de una mayor o menor fuerza espiritual asociada a un determinado objeto o criatura. Sabemos que la gravedad tiene que ver con la masa y el inverso proporcional de la distancia. Sabemos que el potencial electroquímico tiene estrecha relación con la composición iónica de la materia, lo que a su vez requiere un detallado conocimiento de la composición metalomolecular del espécimen. Sabemos que la temperatura tiene que ver con el movimiento, y nuestros ilustres antepasados tenían sospechas de una relación entre el número de neurofilamentos cerebrales y las difamadas actividades pseudocientíficas llamadas telepatía y telequinesis.
Casi todas las fuerzas mencionadas podían ser visualizadas directamente en base a sus consecuencias inmediatas, o transformadas en señales luminosas, sonoras o colorimétricas por diferentes instrumentos y programas computacionales, de tal forma que las relaciones mencionadas fueran evidentes e indiscutibles.
El aura espiritual, sin embargo, y por lo que yo he sido capaz de observar, no tiene relación alguna con ninguna cualidad física de la materia. O quizás, al contrario, es precisamente producto de la simple existencia de las interacciones cuánticas y el baile orbital de los electrones. ¿La gallina o el huevo? ¿Cómo saberlo?
Pero existe, os digo que existe.
Mientras la iglesia no retire a sus verdugos y queme sus guillotinas, será imposible para los que amamos nuestras cabezas dedicarnos a desentrañar adecuadamente estos misterios. Pero creo que cuando menos puedo, desde aquí, daros pistas para que halléis vosotros mismos:
1. Halla un lugar retirado, tranquilo y seguro. Idealmente, al aire libre, pero cualquier habitación silenciosa y acogedora servirá.
2. Requerirás tiempo, así que avisa a tus conocidos que no te molesten ni te interrumpan.
3. Sitúate en una posición cómoda, pero no tanto que te induzca al sueño. Tampoco debe ser una posición que requiera esfuerzo o concentración. Simplemente siéntate y no pienses más en ello.
4. Enfoca tu mirada en un punto cualquiera. Puede ser la hoja de un árbol o una cortina de lino. Trata de enfocarte en algo que vaya a estar allí al menos tanto tiempo como tú. Una nube no serviría, porque es probable que desaparezca antes de que logres nada. Una piedra o uno de tus zapatos servirá.
5. Concéntrate en ese punto y grábalo en tu retina. Luego cierra los ojos.
6. Paso a paso, tan lentamente como sea necesario, empieza a reconstruir la historia del objeto enfocado. Si elegiste un cinturón de cuero, imagínalo colgado junto a otros cintos en la tienda, imagina al vendedor, imagina al curtidor, imagina al cazador, imagina al animal del que provino el cuero, imagínalo cuando fue la cría de otro animal, cada vez más atrás en el tiempo, generación tras generación, cuando había menos gente y más bosques, imagina las colinas alzándose, antes de ser rebajadas por la erosión de los siglos, sigue hacia atrás, y luego regresa, poco a poco, sin perder de vista el pasado, de animal en animal y luego de hombre en hombre hasta tus manos. Abre los ojos y mira de nuevo el cinto. Está lleno de historia. No fue creado de la nada ayer o antes de ayer. Su olor, su forma, su textura. Miles de años condensados en un cinto.
6. Al principio te sentirás tentado de hacer saltos rápidos hacia el pasado, pero debes tratar de hacer las cosas lentamente. Cada hombre que participó en la manufactura de un tenedor tuvo una vida larga llena de años llenos de semanas llenas de horas. Imagina cada día de la vida de esos hombres. Imagina al minero extrayendo el metal. Imagina el metal en la montaña. Parece estar quieto, pero se mueve. Medio centímetro cada siglo, siglo tras siglo. Si vas hacia atrás lo verás como un río, como la sangre de la tierra. Toneladas de piedra viva encima. Kilómetros de roca ardiente debajo. Sigues hacia atrás en la vida del tenedor, hasta que la presión desaparece y el metal se desmenuza, cuando el hierro era sólo un montón de raspaduras dispersas.
7. Elige algo más. Tómate tu tiempo con cada cosa, puedes escoger una distinta cada vez.
8. Acostúmbrate a rastrear el pasado de todo lo que te rodea. Las vidas que dejaron parte de su esencia en cada cosa. Cada piedra fue alguna vez una montaña. Cada hombre fue alguna vez un montón de hombres distintos.
No te rindas. Tienes todo el tiempo del mundo. No es un concurso ni una carrera. No hay ningún premio para el que lo logre. No te obsesiones, no descuides tu vida. Nada es más importante que tu vida.


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