Dimensiones (I)
Hace aproximadamente dos mil años, un movimiento filosófico conocido por los escatólogos actuales como Okhamismo Fenomenológico y, en forma más acorde con el mismo propósito de la tendencia, llamado simplemente Reduccionismo por sus adherentes, intentó explicar el mundo a partir de la mínima cantidad posible de conceptos, de tal forma que cualquier individuo con una educación apenas suficiente fuera capaz, en base a su propio talento inductivo, de hallar solución a las preguntas científicas más complejas.
El reduccionista más famoso de la historia es, por supuesto, el primero, Reyniër Dekárt, a quien la Iglesia al menos no ha enterrado completamente en el olvido, si bien ha hecho gala de su tradicional eficiencia mutiladora.
Sin embargo, quiero empezar esta carta recordando las disquisiciones de otro, un matemático ciego que nació dos siglos después de la muerte de Dekárt. Nichola Gaussian (95 AC – 56 DC) perdió la vista a causa de la lluvia ácida provocada por el ejército calabro durante la 2ª Guerra Kalénica*. Eminente físico y alquímico hasta entonces, la discapacidad sufrida le impidió continuar realizando los experimentos requeridos por tales ciencias, y así Gaussian se enfocó en la geometría, la matemática teórica y la filosofía, disciplinas para las que su claridad mental y, sobretodo, tiempo libre, lo hacían especialmente apto.
Fue Gaussian quien instauró el modelo tridimensional vectorial del mundo, capaz de definir cualquier objeto en base a solamente tres coordenadas, un valor de densidad y un punto fijo, y cualquier fuerza como un vector o una suma de dos o tres vectores. La magnitud de un vector o fuerza fue también simplificada para representar un coeficiente natural entero frente a la densidad aparente (i.e. S.D.A.) del oro.
Los hijos del sistema gaussiano son demasiados para enumerarlos aquí. Desde el Modelo Cartográfico de Kupfer al sistema métrico decimal; desde las Leyes de Jëpler al Objetivismo Corpuscular de Hümmel; desde la informática previrtual a la metalurgia armamentista. La misma estructura de nuestro pensamiento, la forma en que concebimos el mundo, se asientan en un plano tridimensional modificado.
¿Modificado por quién?
Por Jerom Gruhshkvëddel (920 – 967 DC), primero, y Albus n’Shtein (992 – 1082 DC), después, quienes introdujeron el Tiempo en el modelo, tratándolo ya no como soporte universal, sino como una variable más, de tal forma que la definición de un objeto cualquiera requería ahora no tres, sino cuatro coordenadas, más un punto focal de apoyo.
Algunos teóricos de la red propusieron hace trescientos años la existencia de una quinta dimensión: la virtual. Sin embargo, era ésta una dimensión artificial, propiedad exclusiva de determinados elementos electrónicos y no una cualidad intrínseca de toda la materia. A diferencia de las otras cuatro, la dimensión virtual no sólo es innecesaria para explicar los fenómenos naturales (al menos, no hasta hace poco; el desarrollo del mundo imaginario de Sata ha permeado la realidad de una manera harto compleja, que discutiré con mayor detenimiento en otra ocasión), sino que es (de nuevo, era) incapaz de afectar a todo aquél o aquello sin los mencionados componentes electrónicos.
Ahora bien, no hace falta descartar tan a la ligera la existencia de una quinta dimensión. O de una sexta, o una enésima. Como he tratado de dejar claro en anteriores cartas, existe todo un mundo invisible más allá del alcance de los mecanismos de detección de los que disponemos, sean nuestros propios ojos y oídos o los ojos y oídos de los microscopios, los espectrómetros, los micrófonos y los amplificadores.
Por conveniencia, comprensión, y porque así me ha sido enseñado por otros más viejos y más sabios que yo, voy a llamar aquí a esa quinta dimensión la “Dimensión Espiritual”, utilizando el viejo término dualista (y pagano) acuñado por Baltz mucho antes de que el Culto hablara del Paraíso.
Os daré uno días para acostumbraros al concepto, antes de adentrarme en una descripción más detallada de la cualidad espiritual de las cosas. Espero que hayáis ido leyendo los libros que os recomendé hace un par de meses. Y recordad que El Rebelde está abierto a vuestras cartas electrónicas, y que allí podéis hacer las consultas que queráis, y discutir conmigo sobre la existencia o inexistencia de esta nueva dimensión.
Nos veremos pronto, espero.
S.A.
* Sí, leéis bien: la cáustica llovizna fue producida por el ingenio y la voluntad de los hombres. En aquel entonces el Culto era apenas un recién nacido, débil y hermoso, socorrido aquí y allá por reyes bienintencionados y terratenientes ambiciosos. Faltaban doscientos años para la instauración de la Edad Oscura del Conocimiento, y en cada país civilizado las academias y universidades rebosaban de maravillas sorprendentes, no siempre bien comprendidas, y muchas veces peligrosas, pero al fin y al cabo abiertas a la exploración y el estudio de las mentes curiosas. No es necesario recurrir al sospechoso término “magia”, que muchos de vosotros (y yo mismo) encontraréis incómodo e impreciso, para explicar el control meteorológico de los calabros. En resumen y en mis propias palabras, esto es lo que cuenta la Historia, según los archivos helenos:
El ejército calabro llegó al pie de la amurallada ciudadela de Grandia, hogar de filósofos y eruditos helenos. Una pequeña guarnición era suficiente para proteger las torres y bibliotecas del reino, ya que los altos muros espinados al sur y la mole rocosa de la montaña al norte convertían la ciudad en virtualmente impenetrable. Los calabros encendieron cientos de enormes hogueras alrededor de la base de Grandia, y los helenos se burlaron de ellos, pensando que sus enemigos querían asfixiarlos, pues el humo era arrastrado hacia las nubes por los fuertes vientos cordilleranos. Así pasaron dos días, y al amanecer del tercero las nubes comenzaron a vomitar un agua amarillenta que quemaba como fuego. La lluvia atravesó los techos de madera y acabó con gran parte de los archivos reales (los más valiosos para el rey Arcturus II eran, desde luego, los inventarios, las cartas bancarias, los derechos de posesión de tierras, las genealogías y los decretos legales). El ejército calabro se despidió entonces arrojando una segunda lluvia, esta vez de flechas incendiarias, y descendió a las llanuras sin haber perdido a un solo hombre.
No, los dioses antiguos no estaban de parte de los calabros. Como me estoy desviando demasiado del tema principal de esta carta, trataré de ser breve y claro. Las montañas de Calabria central son el ecosistema predilecto de las cabras negras de tres pezuñas (Rummia kaprystrinadia). Las heces de estos animales son extremadamente ricas en hierro y azufre, debido a que su dieta se basa en una leguminosa roja que a su vez obtiene nutrientes del oscuro suelo volcánico de la región. La incineración de los excrementos de estas cabras produce un humo muy negro e irritante, extremadamente particulado, y, como ya habéis adivinado, el quemar unas cuantas toneladas de mierda de cabra negra de tres pezuñas tiene el mismo efecto en la atmósfera cercana que una de las en otro tiempo abundantes fábricas de acero para la construcción de barcos de metal, tecnología por lo demás perdida (gracias de nuevo, cultistas).
Sin duda estaré gustoso de dar más detalles al respecto en otra ocasión, pero ahora me permitiréis regresar al propósito inicial de esta misiva. No sin antes, eso sí, agradecer fervientemente a un secreto mecenas, un hombre excepcional cuya maravillosa biblioteca privada fue fuente de estos y otros descubrimientos. Mantendré su nombre y su ubicación en la oscuridad por el momento, y me parece que él lo preferirá así. La luz, a veces, puede resultar dañina.
El reduccionista más famoso de la historia es, por supuesto, el primero, Reyniër Dekárt, a quien la Iglesia al menos no ha enterrado completamente en el olvido, si bien ha hecho gala de su tradicional eficiencia mutiladora.
Sin embargo, quiero empezar esta carta recordando las disquisiciones de otro, un matemático ciego que nació dos siglos después de la muerte de Dekárt. Nichola Gaussian (95 AC – 56 DC) perdió la vista a causa de la lluvia ácida provocada por el ejército calabro durante la 2ª Guerra Kalénica*. Eminente físico y alquímico hasta entonces, la discapacidad sufrida le impidió continuar realizando los experimentos requeridos por tales ciencias, y así Gaussian se enfocó en la geometría, la matemática teórica y la filosofía, disciplinas para las que su claridad mental y, sobretodo, tiempo libre, lo hacían especialmente apto.
Fue Gaussian quien instauró el modelo tridimensional vectorial del mundo, capaz de definir cualquier objeto en base a solamente tres coordenadas, un valor de densidad y un punto fijo, y cualquier fuerza como un vector o una suma de dos o tres vectores. La magnitud de un vector o fuerza fue también simplificada para representar un coeficiente natural entero frente a la densidad aparente (i.e. S.D.A.) del oro.
Los hijos del sistema gaussiano son demasiados para enumerarlos aquí. Desde el Modelo Cartográfico de Kupfer al sistema métrico decimal; desde las Leyes de Jëpler al Objetivismo Corpuscular de Hümmel; desde la informática previrtual a la metalurgia armamentista. La misma estructura de nuestro pensamiento, la forma en que concebimos el mundo, se asientan en un plano tridimensional modificado.
¿Modificado por quién?
Por Jerom Gruhshkvëddel (920 – 967 DC), primero, y Albus n’Shtein (992 – 1082 DC), después, quienes introdujeron el Tiempo en el modelo, tratándolo ya no como soporte universal, sino como una variable más, de tal forma que la definición de un objeto cualquiera requería ahora no tres, sino cuatro coordenadas, más un punto focal de apoyo.
Algunos teóricos de la red propusieron hace trescientos años la existencia de una quinta dimensión: la virtual. Sin embargo, era ésta una dimensión artificial, propiedad exclusiva de determinados elementos electrónicos y no una cualidad intrínseca de toda la materia. A diferencia de las otras cuatro, la dimensión virtual no sólo es innecesaria para explicar los fenómenos naturales (al menos, no hasta hace poco; el desarrollo del mundo imaginario de Sata ha permeado la realidad de una manera harto compleja, que discutiré con mayor detenimiento en otra ocasión), sino que es (de nuevo, era) incapaz de afectar a todo aquél o aquello sin los mencionados componentes electrónicos.
Ahora bien, no hace falta descartar tan a la ligera la existencia de una quinta dimensión. O de una sexta, o una enésima. Como he tratado de dejar claro en anteriores cartas, existe todo un mundo invisible más allá del alcance de los mecanismos de detección de los que disponemos, sean nuestros propios ojos y oídos o los ojos y oídos de los microscopios, los espectrómetros, los micrófonos y los amplificadores.
Por conveniencia, comprensión, y porque así me ha sido enseñado por otros más viejos y más sabios que yo, voy a llamar aquí a esa quinta dimensión la “Dimensión Espiritual”, utilizando el viejo término dualista (y pagano) acuñado por Baltz mucho antes de que el Culto hablara del Paraíso.
Os daré uno días para acostumbraros al concepto, antes de adentrarme en una descripción más detallada de la cualidad espiritual de las cosas. Espero que hayáis ido leyendo los libros que os recomendé hace un par de meses. Y recordad que El Rebelde está abierto a vuestras cartas electrónicas, y que allí podéis hacer las consultas que queráis, y discutir conmigo sobre la existencia o inexistencia de esta nueva dimensión.
Nos veremos pronto, espero.
S.A.
* Sí, leéis bien: la cáustica llovizna fue producida por el ingenio y la voluntad de los hombres. En aquel entonces el Culto era apenas un recién nacido, débil y hermoso, socorrido aquí y allá por reyes bienintencionados y terratenientes ambiciosos. Faltaban doscientos años para la instauración de la Edad Oscura del Conocimiento, y en cada país civilizado las academias y universidades rebosaban de maravillas sorprendentes, no siempre bien comprendidas, y muchas veces peligrosas, pero al fin y al cabo abiertas a la exploración y el estudio de las mentes curiosas. No es necesario recurrir al sospechoso término “magia”, que muchos de vosotros (y yo mismo) encontraréis incómodo e impreciso, para explicar el control meteorológico de los calabros. En resumen y en mis propias palabras, esto es lo que cuenta la Historia, según los archivos helenos:
El ejército calabro llegó al pie de la amurallada ciudadela de Grandia, hogar de filósofos y eruditos helenos. Una pequeña guarnición era suficiente para proteger las torres y bibliotecas del reino, ya que los altos muros espinados al sur y la mole rocosa de la montaña al norte convertían la ciudad en virtualmente impenetrable. Los calabros encendieron cientos de enormes hogueras alrededor de la base de Grandia, y los helenos se burlaron de ellos, pensando que sus enemigos querían asfixiarlos, pues el humo era arrastrado hacia las nubes por los fuertes vientos cordilleranos. Así pasaron dos días, y al amanecer del tercero las nubes comenzaron a vomitar un agua amarillenta que quemaba como fuego. La lluvia atravesó los techos de madera y acabó con gran parte de los archivos reales (los más valiosos para el rey Arcturus II eran, desde luego, los inventarios, las cartas bancarias, los derechos de posesión de tierras, las genealogías y los decretos legales). El ejército calabro se despidió entonces arrojando una segunda lluvia, esta vez de flechas incendiarias, y descendió a las llanuras sin haber perdido a un solo hombre.
No, los dioses antiguos no estaban de parte de los calabros. Como me estoy desviando demasiado del tema principal de esta carta, trataré de ser breve y claro. Las montañas de Calabria central son el ecosistema predilecto de las cabras negras de tres pezuñas (Rummia kaprystrinadia). Las heces de estos animales son extremadamente ricas en hierro y azufre, debido a que su dieta se basa en una leguminosa roja que a su vez obtiene nutrientes del oscuro suelo volcánico de la región. La incineración de los excrementos de estas cabras produce un humo muy negro e irritante, extremadamente particulado, y, como ya habéis adivinado, el quemar unas cuantas toneladas de mierda de cabra negra de tres pezuñas tiene el mismo efecto en la atmósfera cercana que una de las en otro tiempo abundantes fábricas de acero para la construcción de barcos de metal, tecnología por lo demás perdida (gracias de nuevo, cultistas).
Sin duda estaré gustoso de dar más detalles al respecto en otra ocasión, pero ahora me permitiréis regresar al propósito inicial de esta misiva. No sin antes, eso sí, agradecer fervientemente a un secreto mecenas, un hombre excepcional cuya maravillosa biblioteca privada fue fuente de estos y otros descubrimientos. Mantendré su nombre y su ubicación en la oscuridad por el momento, y me parece que él lo preferirá así. La luz, a veces, puede resultar dañina.


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