lunes, mayo 29, 2006

Droga Temporal

Dejo que el humo inunde mis pulmones, esparciéndose como gas mostaza por las trincheras, haciendo estallar cada alvéolo como una pompa de jabón. La piel de mi lengua se retrae y las papilas sobresalen como espinas. Mi boca parece estar hecha de papel de lija: el interior de mis mejillas se llena de grietas, el paladar es una llanura de polvo y cal. El desierto baja por mi garganta. El calor y el silencio se cuelgan de mis ojos. Amarillo infinito bajo azul infinito.
¡NO! Es sólo la droga. Es el humo que me recuerda las columnas negras alzándose en el campo de batalla. Es el zumbido de las computadoras imitando el griterío lejano de los combatientes. No estoy allá, entre las dunas, sobre las rocas, observándolo todo sin sufrir heridas. Veo la arena oscurecerse, absorber la sangre como una esponja y cubrir después los cadáveres, como una sábana. Veo las manchas rojas secarse en la llanura blanca cuarteada por el sol.
¡NO! Es tinta, es sólo tinta. Voy escribiendo sobre las páginas, encerrando un momento en la Historia. Cada palabra es un muerto, cada renglón, una guerra. Los símbolos bailan en el papel, confundiéndose. Todo, siempre, es tan confuso. La droga lo mezcla todo. Soy una cuchara revolviendo el caldo, uniendo el agua con el aceite, el pasado con el presente.
Con el futuro.
Recuerdo haber leído esto, estas palabras. Recuerdo haber visto una guerra y pensar que era sólo un sueño. No estoy loco, ¿o sí lo estoy? Yo vi esa guerra, en el desierto, y eran dos trozos del mismo cuerpo. Recuerdo. ¿O todavía no pasa? ¿O estoy soñando? Ya no distingo las alucinaciones... TODO se ha vuelto alucinación. Pero hay dos bandos, luchando ahora. Los puedo ver desde el escritorio, a través del humo de la pipa, a través del tiempo.
El espíritu contra la máquina. El fantasma contra la coraza. Fanáticos contra fanáticos.
Siempre ha sido igual. Desde el principio. Desde el final. Estoy en el centro, en los extremos, en todas partes a la vez. Sobre una roca junto a la muerte; en una silla en medio del bosque; en una caverna llena de duendes; en una tumba; en ningún lugar.
Sé quién ganará la batalla. Estoy escribiendo al vencedor. Serán los que no lucharon, los que apretaron botones en sus calculadoras y venden dioses y compran hombres.
Estoy loco. Mezclo los tiempos en mi crisol. ¿Estaré loco mañana, o cuánto tiempo lo he estado ya? Repaso las páginas y no encuentro ningún orden. Las primeras del libro están en blanco, algo o alguien ha arrancado las últimas. ¿Es un libro al revés? Miro por la ventana y me pierdo en la noche. Las estrellas se unen unas con otras formando constelaciones que ningún astrónomo ha visto. Giran en el vacío y me guiñan sus luces como cabezas de alfiler. Es la droga, estoy seguro.
Va a acabarse pronto y la revelación se habrá ido, filtrándose por las rendijas como el humo que exhalo. Llevándose lo mejor de mí y dejándome hollín y polvo. Me afano por llenar las páginas, robarle a mi memoria lo que ha escondido, lo que ha expulsado de mi cabeza y derramado por todo el cuerpo. Sé que he visto esta guerra antes. Hace una era. Hace milenios. La historia es una serpiente mordiéndose la cola. Siempre tiene el mismo sabor, confundo las fechas. ¿Cuántas veces más puede repetirse, antes de desaparecer? Yo ayudé en una batalla, estoy seguro. ¿Estoy seguro? Leí sobre esto en algún lado. Un montón de palabras sueltas, inconexas, abandonadas sobre el papel como los muertos sobre las dunas. Supe qué debía hacer, y lo hice.
El tiempo es una puta exigente que sólo se dobla para algunos. Estoy enfermo. Sólo soy un viejo loco. Hay ciudades en la luna. O las había. O las habrá. En realidad, depende.
¿Cuál de todos los profetas eres tú? ¿El que ganó o el que perdió? ¿El que venció y fue traicionado? ¿El que venció para traicionar? ¿El que venció traicionando? ¡Traición, traición, traición!
¡Por fin, la revelación! La escribo, una y otra vez: traición, traición, traición. Ahora lo recuerdo. Sus ojos, su rostro de sabiduría, sus dulces palabras, su aliento fresco. Traición.
Traición.
El efecto todavía no desaparece, mis pupilas aún son pozos abiertos, la luz me duele. La urgencia me duele. Debo viajar ahora, advertirles. Volver a aquellos años en el desierto. No hay tiempo que perder.
No de nuevo.
No esta vez.

sábado, mayo 27, 2006

Nada menos que un hombre

El mundo se cae a pedazos y no haces nada. Piensas que no hay nada que puedas hacer, así que ni siquiera lo intentas. Un hombre solo no puede cambiar el mundo, nos dicen. Está en todas partes. En los libros y en la televisión. En el teatro y en el altar. Los hombres excepcionales sólo aparecen en las enciclopedias y las películas: nadie es excepcional en su propio tiempo, en su propia tierra. Sus palabras nos apagan lentamente. Nacemos llenos de fuego y hambre. Pasamos de brasas a cenizas en diez años, y luego el viento nos desparrama sobre las aguas, y no queda nada. La historia parece valerse por sí misma. No necesita una pareja, se reproduce por bipartición. Se autofecunda, se autoabastece. No sólo somos reemplazables: somos superfluos.O eso nos dicen.

Busca sentido en el conjunto. Adósate a un grupo. Piérdete en la masa, sé parte de un órgano. Células, organizaciones, partidos, religiones, ideologías, concejos, asociaciones, sindicatos, empresas, sectas y sociedades. Tú solo no puedes. Únete a nosotros y haz lo que te digamos. Tus ideas se parecen a las nuestras, aunque no son exactamente las mismas, ¿entiendes? Se parecen mucho, pero son diferentes. Sólo un poco. Seguramente puedes sacrificar algunos de tus sueños para que logremos realizar algunas de tus pesadillas. Hay demasiada gente el mundo, no puedes esperar que todos sean felices. No estarías en tu sano juicio. ¿Qué te hace diferente? ¿Por qué eres tan especial, por qué tus sueños deberían estar por encima de los de los demás? Sé realista.
Sé realista.

Una y otra vez. Las leyes, los mandamientos, las noticias, las pancartas, los graffitis, las imágenes. Un bombardeo agotador.

Todas las ideas están ahí afuera. Te las van quitando día a día hasta que piensas que ya no son tuyas, que están mejor en manos de otros, que ellos sí sabrán qué hacer. No hace falta que te esfuerces.

Te has convertido en nada. La máquina de movimiento perpetuo sigue lanzando vapor y empañándolo todo, y tú sigues girando como un tornillo. No sabes qué haces, ni por qué, pero estás tan acostumbrado que crees que no podrías hacer nada más. Ése es tu lugar. El engranaje. Hasta que te oxides y te cambien. No hay vuelta atrás. Ya estás demasiado viejo. ¿De verdad piensas que podrías aprender a hacer algo nuevo? No importa, todos los puestos están ocupados. La máquina seguirá moviéndose. Tenemos muchos ejemplos, mira nuestros archivos. Todos los titulares escupen historias de rebeliones fracasadas. Esto es una avalancha, muchacho, y tú formas parte de ella.

¿Para qué ir contra la corriente? Haz tu parte del trabajo y disfruta de los beneficios. Piensa que podrías estar peor. Mucho peor. De verdad, enciende la televisión. ¿Ves? El mundo está loco allá afuera. Es una selva.

Pero no es una selva. Es un desierto.

Le tienes miedo a la soledad. Tienes miedo a estar solo con tus pensamientos, con tus preguntas. La verdad es tan amarga que no puedes dejar de tragar sus pequeñas mentiras dulces. Sus enormes mentiras dulces. Son como miel.

¿O no? Tal vez no es miel, es sólo mierda, pero te has convertido en una mosca y ya no sabes cuál es la diferencia. Eres un insecto. Su insecto.

El mundo es una telaraña.

Miras a los demás, atrapados, retorciéndose a la espera de las ocho patas y los colmillos, y crees que son como tú. Todos iguales, hermanos en la esclavitud. Camaradas en el sufrimiento y la incertidumbre. Pero estás solo.Dices que nadie cree en ti y te refugias en la autocompasión. La autocomplacencia. Es tan fácil echarle la culpa a la falta de fe de los demás. Pero es tu propia falta de fe. Nadie tiene por qué creer en ti. Si tú no crees en ti mismo no importa lo
que piensen los demás. No van a venir a alzarte en brazos y ayudarte a ser el rey, a ser el protagonista de sus vidas. Deja de aspirar a esas tonterías y conviértete en el protagonista de tu propia vida. Retoma el control.

S.A.

domingo, mayo 21, 2006

Una propuesta

Si te digo que van a destruir el mundo, no harás nada. Incluso si crees que es cierto, pensarás que no hay nada que puedas hacer para impedirlo. Son demasiados, y tú estás solo.

Si me pongo a hablar del poder del Culto, de la influencia de las Corporaciones, del fanatismo de los Alamitas, de la intransigencia de los Comunistas, de la sed de sangre de los Bárbaros, de las habilidades heréticas de los Supernaturales, de la debilidad de los Dioses, de la inmensidad del Mundo y de la eternidad del Tiempo, no harás nada. Te sentirás impotente e insignificante. Bajarás la frente y seguirás tu vida como hasta ahora, aferrándote a pequeños logros sin sentido para olvidar el hecho de que no controlas nada.

Así que voy a acercarte el problema.

Van a meterse a tu casa. Van a decorarla como les plazca, mientras tú no haces nada. Van a meterse a tu baño y a observar cómo te lavas, y si no les gusta, meterán tu cabeza en la letrina. Van a decidir lo que comes, y van a ser ellos quienes le echen la sal al puchero. Sólo un poco, para que recuerdes el concepto del sabor. Luego van a meterse contigo a la cama y van a decirte qué soñar. Van a quemar todos tus libros y a llenar los estantes con sus biblias. Van a llevarse a tus hijos y no van a decirte dónde. Tu esposa se convertirá en uno de ellos, y no podrás confiar en ella. Querrás escapar pero será demasiado tarde, porque no hiciste nada cuando tuviste la oportunidad.

Esto no es una metáfora. No estoy hablando en sentido figurado.

Ellos son la CHAKU. Ellos son el Culto. Ellos son los ángeles.

Ellos son langostas, zumbando y devorándolo todo. Son monstruos sin alma que tú alimentas con tu obediencia ciega, con tus oraciones vacías. Tú cooperas con ellos por miedo o por estupidez.
A los estúpidos no puedo ayudarlos.

Pero estás leyendo esto, así que infiero que no eres estúpido, y pese a los repetidos intentos de la iglesia por un lado y los rebeldes por otro, no has caído totalmente en la red. Tus ideas aún son tuyas y estás confundido. No voy a decirte cómo resistirte a la tiranía eclesial o a las conspiraciones insurgentes. Lo único que voy a hacer es darte la oportunidad de salir de la prisión y enfrentarte al mundo. Te ofrezco un borrón y cuenta nueva. Dejar atrás Olsak y probar suerte en las tierras salvajes más allá del mar.

No digo que vayas a pasarlo bien. Seguramente te has dejado esclavizar por la tecnología y la burocracia hasta el punto de ser incapaz de cultivar tus propios alimentos. Puedo llevarte a lugares donde el Culto todavía no hunde sus dedos, pero donde tu dinero no vale nada.

No sé tampoco si esta medida servirá de algo. Puede que la guerra que se avecina convierta a Er'rath en un erial o en un campo de concentración lleno de autómatas idiotas. Puede que tu vida no sea tan mala, después de todo. Puede que realmente tengas fe en Crisus.

Yo simplemente te doy la oportunidad, porque me parece justo. Porque para mí el individuo siempre ha sido más importante que el conjunto. Cada hombre por sí mismo da sentido a su especie. Estoy aburrido de las tribus, los clanes, los países y las religiones. Quiero darte la oportunidad de descubrir si eres capaz de vivir según tus propias reglas.

Y como, por el momento, no puedo sencillamente desbaratar el Culto, puedo sacarte de su esfera de influencia y dejarte en algún otro lugar.

Eso es todo.

La decisión es tuya.

El Peregrino

miércoles, abril 26, 2006

Buscando un maestro

Empiezo a pensar que tal vez la Gran Pregunta no es "¿qué es la realidad?", sino más bien "¿en qué realidad quiero estar?"; porque, debo afrontarlo, hasta el momento me ha resultado imposible dar con una jerarquía sistemática de los diversos estratos del cosmos psicomaterial. Es muy posible que lo que me he propuesto denominar 'coordenadas dimensionales' no sean, como ya he dicho, propiedades dispares pero consistentes de la materia, sino expresiones totalmente independientes de ella, generadas tal vez espontáneamente a partir de quién sabe qué confuso conjunto de fenómenos cuánticos.
Es molesto para la mente entrenada toparse una y otra vez con el celebérrimo Problema Solipsista de la filosofía, pero es algo también inevitable, sobretodo teniendo en cuenta el patético oscurantismo fanático al que nos vemos expuestos día a día.
Quisiera tener una respuesta definitiva. Incluso una respuesta con sabor a tragedia. Un desenlace fatal. Quisiera poder deciros "ésta es la verdad, aquí la tenéis, limpia, doblada y empaquetada, haced con ella lo que queráis". Pero no puedo: por una parte, no sería ético. Por otra parte, seríais unos estúpidos si aceptárais semejante proclama.
Y de todas formas no tengo ninguna 'verdad fundamental' que ofrecer. Cada respuesta que encuentro trae adosada una gigantesca ristra de preguntas imposibles.
A veces creo estar volviéndome loco.
Y pienso, ¿qué derecho tengo a motivar la curiosidad de quien es dichoso en su ignorancia? La satisfacción de encontrar la esquiva respuesta a un problema filosófico nunca estará a la altura de la sencilla felicidad de contemplar un atardecer en soledad, o de yacer bajo las sábanas junto a la persona amada. La sensualidad del mundo, con toda su efímera intrascendencia, superará siempre el duradero y escuálido placer del intelectual.
Por eso, por una vez, por una sola vez en esta serie de cartas, dejadme ser mi propio abogado del diablo.
No transéis vuestra felicidad. No la cambiéis por nada.
De alguna forma sé que las respuestas que busco están en mí mismo. Es una seguridad trágica e incómoda: finalmente soy yo, es cada uno de nosotros, quien decide en qué creer y cómo vivir. Tomamos decisiones y debemos afrontar las consecuencias.
No tenéis por qué hacer caso de los panfletos incendiarios de la gente que, como yo, ha tomado la decisión de escarbar la realidad hasta romperse las uñas. No tenéis por qué hacer caso de quienes os prometen un mundo feliz a cambio de una vida de privaciones y sacrificios, mientras ellos disfrutan aquí y ahora escondidos tras sus sotanas y altares. No tenéis por qué hacer caso de nadie más que vosotros mismos. Pero, desde luego, una vez que hayáis elegido un camino, no debéis esperar ayuda de nadie más que vosotros mismos.
Tal vez soy un hipócrita. Perdonadme.
Yo mismo busco a alguien. Pero por otro lado, estoy dispuesto a dar algo a cambio. Una vez que se ha sacrificado la felicidad, cualquier trueque parece ventajoso.

S.A.

Magia

Es esencial llegar a un acuerdo en cuanto a las definiciones antes de profundizar en cualquier tipo de debate. No se puede discutir de manera útil sobre los beneficios y desventajas de la guerra si no se han establecido antes las implicaciones relacionadas con el concepto ‘guerra’. En este caso, por supuesto, la guerra no tiene ninguna importancia. Yo quiero hablar de la magia, y para ello debo dedicar cuando menos un párrafo a lo que yo, Soren Alicar, como individuo, historiador, científico y mago, entiendo por ‘magia’, en contraposición, donde sea necesario, a lo que entiende el saber popular.
Casi todo el mundo, desde el erudito más lógico al más supersticioso salvaje, denomina ‘magia’ a aquello que, teniendo un efecto determinado en el mundo, ha sido causado por fuerzas o mecanismos desconocidos. Una ampliación de esta definición incluye entre los efectos de estas causas ignotas acontecimientos fuera de lo común o, para usar un término gastado y cómodo, imposibles.
En esta ocasión, espero sentar las bases para el reemplazo de esta definición por una más moderna y adecuada.
Dejadme preguntar, ¿cuántos de vosotros sabéis cómo funcionan los intestinos de un computador? ¿Cuántos conocéis la razón por las que se iluminan las ampolletas cuando apretáis el interruptor de la luz? ¿Cuántos, por último, entendéis las leyes que rigen el delicado equilibrio químico de nuestros propios cuerpos? He de suponer que la gran mayoría de la población hace uso de multitud de aparatos cuyo principio básico desconoce. Y sin embargo, nadie llama ‘magia’ a la televisión (excepto, tal vez, los campesinos más aislados).
A lo largo de la historia, el método científico ha ido desvelando poco a poco misterios como éstos, adelgazando la lista de fenómenos relacionados desde la antigüedad con lo arcano. Me parece natural suponer que tanto el tiempo como la ciencia continuarán haciendo su trabajo, de tal forma que lo que hoy tememos o tildamos de ‘mágico’ llegará a ser algo rutinario, incluso aburrido. Pensar de otra forma sería una muestra de amargado pesimismo o supina estupidez.
Y en cuanto a la imposibilidad de ciertas cosas, dirigid de nuevo los ojos a los libros de historia. Hubo un tiempo en que volar era imposible para los hombres. Y antes, una época en que hablar con alguien a más de mil kilómetros era imposible hasta para los más ricos. Y antes de eso, una era en que hasta el simple fuego, el conocidísimo fuego, estaba más allá del alcance de nuestros antepasados.
Lo resumiré de esta manera: NADA es imposible.
Si veis algo, y no lo entendéis, no significa que es magia, significa que debéis estudiar un poco más. Y si no hay nada que estudiar, porque nadie ha escrito nada, tendréis que hacer las investigaciones vosotros mismos.
Yo no puedo explicarlo todo, pero puedo explicar muchas cosas. He visto la piel de una mujer transformarse en madera y luego, arder. Me veo obligado a llamar a esto ‘magia’ para no resultar pedante, ni hacer más confusas ciertas conversaciones. También es preferible para los procesos mentales de deducción e inducción. Pero perfectamente puedo llamar a todo esto ‘convección mental’, y explicarlo en base a fundamentos neurológicos, electrofísicos y relativistas.
Vosotros, jóvenes científicos, debéis dejar de usar ese tono despectivo y burlón cuando habláis de ‘pseudociencias paranormales’ como la quiromancia, la adivinación, la psicología... El hecho de que aún no hayamos encontrado una forma confiable de reproducibilidad experimental en estos campos no significa que no vayamos a dar con ella en los próximos años.
Os diré algo: el potencial está en todos vosotros. Al igual que todos poseéis el potencial para convertiros en grandes atletas. Por supuesto, existe un componente genético involucrado, pero soy un convencido de que el talento innato es fácilmente superado por el entrenamiento y la dedicación. Puede no ser tan notorio en el aspecto intelectual, pues moldear el pensamiento es más difícil que moldear el cuerpo, pero pueden aplicarse las mismas suposiciones.
Os propongo un ejercicio. Os reto.
Es algo muy simple, pero debéis tomarlo en serio.
IMAGINAD QUE ESTÁIS SOÑANDO. Imaginad que todo lo que os rodea, lo que tan convencidamente afirmáis que es cierto, es sólo parte de un sueño. Una realidad impuesta por fuerzas o mecanismos desconocidos (ya se trate de sinapsis neuronales o nuevos estratos de la Matriz). Imaginadlo, nada más, y empezad a razonar desde ahí.
¿Estáis seguros de que estáis despiertos? ¿Cabalmente seguros? ¿Habéis hecho algo para demostrarlo?
¿Es éste el mundo real?
Porque amigos, yo tengo serias dudas.

Campamento

El desierto pasa de un blanco rutilante a un impenetrable negro en diez minutos. Su perfil, lleno de ángulos rectos y duros quiebres, parece trazado por un lejano lápiz rojo, hacia el oeste. En el cielo aparecen todas las estrellas a la vez. La luna es una uña amarilla; su superficie no debe ser muy distinta a ésta.
El fuego empuja la oscuridad y construye una pequeña cúpula anaranjada: en su interior nos acuclillamos para escapar del frío nocturno. Estamos demasiado lejos de todo. Nuestra existencia se ve insultada, empequeñecida por la grandilocuencia del vacío interminable. Toda acción carece de sentido, todo pensamiento, de propósito. Hablar resulta ridículo: las palabras desaparecen una vez que se alejan del fuego.
Trato de aferrarme a algo. Mis ropas gastadas por el viaje parecen falsas, inconsistentes. La piel, lacerada por la luz solar, se transforma en un polvillo blanco, inasible. El suelo bajo mis pies parece firme, al menos, pero es también una ilusión. Recojo puñados de arena; abro las manos y no tengo nada.
Me pregunto si mis compañeros existen. Uno de ellos ha abandonado la protección de la hoguera, internándose en las sombras y la nada. Tal vez ha desaparecido para siempre, engullido por la oscuridad. Cierro los ojos un instante. Me cubro los oídos.
¿Existe el mundo a mi alrededor? La fogata, la sopa caliente, las dunas, las huellas del jeep... ¿Es real todo esto?
¿Cómo estar seguro?
¿Cómo saber que no somos constructos virtuales de mentes dormidas? Veo un código en la noche. Veo las líneas que unen las estrellas, las fuerzas que mueven las nubes, el caos que se agita en el fuego. No estamos en la Matriz, ¿pero cuál es la diferencia?
¿Cuántas capas se apilan, unas sobre las otras?
¿Es éste el mundo real?

¿Existe un mundo REAL?

jueves, febrero 02, 2006

Etter Vide

VIDA ETERNA Y DIVERSA DE ANDRÓNICO SUPREMO
Una Investigación Exhaustiva

Por Soren Alicar


La referencia más antigua sobre el Etter Vide con la que contamos se remonta a los primeros años de la desaparecida Biblioteca de Summa Libia, la más famosa y completa que existiera entre los siglos V y II AC. En el primerísimo inventario de la misma, llevado a cabo por el escriba Jophen Pokejes, se encuentra la siguiente anotación:

Etterna Dyverara Vide ca Andoronikus Suiterbo, s.m.p.a. Relación cronológica personal del autor: nacimiento plebeyo, servicio de guerra, prolongada convalecencia, iluminación, senda profética, consejero real, testamento. 86 páginas. Papiro y seda. Cuero embreado. 124 S.A. Gravino, Gravinnia, Summa Libbia. (1)

Si bien escasa, la información resulta valiosísima y precisa. Una corta visita a los archivos administrativos de la época, tan amablemente facilitada por el exiguo escriba (año 124 del reinado de Gravino Alpkeas, es decir, año 407 AC), permite verificar la existencia de un tal Andrónico Supremo, monje y ex militar, entre los consejeros del rey Gravino.

No podemos saber a ciencia cierta cuán “diversa y eterna” puede haber sido la vida de este Andrónico, aunque impresiona, como se verá más adelante, cómo su supuesto diario de vida se las ha arreglado para aparecer una y otra vez a lo largo de la historia y en lugares tan distantes y disímiles.

Lo que sí sabemos sobre el sacerdote consejero es que también se dedicó, y con bastante éxito, a la arquitectura, y fue él mismo uno de los ideólogos de la monumental y malograda biblioteca que cobijó sus memorias por casi 300 años. Efectivamente, la firma Ando Terbo, de adecuado estilo contractual según la fecha, aparece repetidamente en los planos y bosquejos de fachada de la Biblioteca de Summa (2).

Durante tres siglos permaneció en los estantes de la biblioteca el Etter Vide, sin que nadie mostrara particular interés en él, al punto de que no existe o no he sido capaz de encontrar ningún resumen, cita o referencia sobre el misterioso libro, entre los años 407 y 99 AC.

Fue precisamente una mención pasajera y casual, realizada por una joven señora en su propio diario de vida, la primera noticia que tuve sobre el Etter Vide. La mujer, una condesa de ánimos ardientes y liberales, un tanto aburrida por la prolongada ausencia del marido y agobiada por el aislamiento, contrató para una jovial noche de banquete a un trovador ambulante de probada existencia llamado por sus coetáneos Visantos “Lenguaudaz”, y hoy tristemente famoso para los estudiosos por sus descarados plagios a los poetas clásicos (3). Al parecer, después del festejo, la condesa, Elizabetta Brumuel, instó al juglar a demostrar otro tipo de habilidades en la intimidad de su habitación. Meses más tarde su marido regresaría de la guerra y, tras enterarse de las numerosas infidelidades de la señora, la estrangularía y la lanzaría desde el balcón de su cuarto (4).

Más allá de los detalles jugosos, lo que nos interesa es la brevísima descripción que la condesa hace de un fugaz encuentro entre Visantos y un misterioso peregrino, en cuyo poder se encuentran algunos libros rescatados de las llamas que consumieran la Biblioteca Blanca cuatro años antes:

“(...) en las cercanías del bosque de abetos que hay al sur de Faeria, dijo, pasó la noche al calor de la hoguera de un transeúnte solitario y medio loco. Hubo de ayudarlo con la comida y con otras cosas, más vergonzosas y desagradables, pues las manos del peregrino no eran más que ennegrecidos muñones. Dijo éste que se las había quemado en el incendio que destruyó la biblioteca de Carlotta, la antigua Gravinnia, tratando de salvar algunos libros. Mi amado, cuyo corazón es negro y cuya lengua es de oro, intentó robarle los libros al viajero mientras dormía. Dijo que no había casi nada de valor, aunque no sé cómo Visantos, pobre simplón, sabría apreciar la grandeza de la escritura antigua. Me mencionó tres tomos. Las Comedias de Nikodemus, La Vida Eterna y Variada de Androko Summo, y un herético manual de magia negra. Como eran demasiado pesados eligió sólo uno, las Comedias, sin duda esperando aprender algo que le ayudara en su oficio de trovador errante. Yo hubiera preferido el manual de hechicería.” (5)

Los amantes de la literatura y los cazadores de tesoros vivimos de citas como ésta. De inmediato, una vez que confirmé la presencia de las dos obras mencionadas en los inventarios de la gran biblioteca de Summa Libia, me dispuse a rastrearlas afanosamente. No fue difícil dar con las Comedias. Tras nutrirse por varios años del agudo ingenio de Nicodemo, Visantos, en un tiempo de vicisitudes, vendió el clásico incunable a un barón caído en desgracia, que más tarde lo donó a un apartado monasterio, desde donde fue robado, vuelto a vender y vuelto a encontrar. Todo esto forma parte de la investigación de Addon Querrihgs, y puede ser fácilmente corroborado (6).

El Etter Vide ha sido mucho más difícil de hallar. Una vez superada la anotación errónea del título y la sutil equivocación en el nombre del autor, provocadas por la traducción imprecisa del párrafo citado, tuve que dejar de lado por un momento la búsqueda del libro, a todas luces desconocido para la mayoría de sus coetáneos, y concentrarme en la búsqueda del peregrino de las manos quemadas, quien tal vez por su desgraciada condición hubiera quedado grabado para la posteridad en algún otro pasaje casual.

Sorprendentemente, es en Nieva, a más de dos mil kilómetros de distancia de la antigua Gravinnia, donde volví a encontrar al vagabundo manco. En esta ciudad de torres chatas y verdes tejados, tan maravillosamente conservada, pude revisar los archivos administrativos de un viejísimo hostal, donde la siguiente entrada provocó mi asombro:

Torqoise 15 dal 703 Nos Mattina
– Veitto firia d’imano’icos Androi Priamo – barisla buco’icos sernal offirote – abi sola Torq 21, 34 pal. (7)


Lo primero que llama la atención es la fecha en la que el “viejo de las manos quemadas” ingresa al hostal. Han pasado casi 80 años desde su encuentro con Visantos, quien por ese entonces llevaba muerto más de cuatro décadas. Podría, por supuesto, tratarse de otro viejo desafortunado, pero resulta una coincidencia inusual que entre sus pertenencias el posadero haya tenido la deferencia de nombrar “un morral con 2 libros” (barisla buco’icos). Aceptando entonces que pueda ser éste el mismo peregrino que huyó con los libros casi un siglo antes, y que haya burlado de algún modo la cruel estadística que determinaba la muerte de 8 de cada 10 hombres que llegaban a una edad de diez lustros, tenemos por fin un nombre con el cual trabajar. Un nombre, sin embargo, que podría ser una broma o la triste obsesión de un loco. En el dialecto cátaro de la Nieva precultista, Androi Priamo significa aproximadamente “medio hombre iluminado” o “semi-hombre elevado”, exactamente lo mismo que Andronikus Suterbo al ser traducido al heleno actual.

¿Me encontraba entonces ante un loco que había leído tanto el diario de un antiguo arquitecto que había terminado por creer que se trataba de su propia vida? ¿O era sólo otro plagiador, como “Lenguaudaz”, buscando sacar provecho del nombre y la obra de un clásico (aunque en este caso, por ser alguien desconocido, no hubiese mucho provecho que sacar)? ¿O era, al fin y al cabo, sólo un alcance de nombres?

Todavía tendría que esperar mucho para saberlo.

Increíblemente, el ya anciano Androi viviría aún treinta años más, o eso he de creer, porque la única información adicional sobre él con que contamos es la inscripción de su lápida en el cementerio pagano de Nieva. En ella puede leerse “Androi Priamo, 728 NM, de su hijo Dreikk y su sufrida esposa” (8).

Seguir la pista de Dreikk Androino fue un proceso largo y considerablemente más difícil que rastrear a su padre. Empezando por Nieva, me alejé poco a poco en todas direcciones, hasta que di con la bitácora de un barco mercante rakio en la que aparecía el hijo de Androi como Segundo Contramaestre (9). El mismo libro de viajes me proporcionó la dirección del marino en una ciudad costera al sur de Rakia. Allí, bien por iniciativa propia o bien porque el recientemente instaurado Culto de Crisos lo había obligado a hacerlo, Dreikk tuvo que entregar los dos libros que le había heredado su padre (entre otras cosas más valiosas, he de suponer) a la Iglesia, o atenerse a las consecuencias por “posesión de fórmulas de hechicería”. El Libro de Justicia del Inquisidor Mayor de la zona otorgó un grado de censura máximo para el tomo Daemonikum Arkanna, pero sólo un grado medio para el Etter Vide (10). Hay que tener en cuenta que en aquellos primeros años del Culto, cuando aún no comenzaba la Revisión ni se confeccionaba el Listado, todos los libros escritos antes del año 0 AC eran requisados y censurados, aunque resultaran a todas luces inofensivos, como debería ser el libro que nos ocupa.

Hay otro dato importante en el Libro de Justicia. Junto a la entrada del Etter Vide, el inquisidor anotó “102 páginas”. Es decir, 16 páginas más que el original. Es posible, aunque poco probable debido a su incapacidad física, que el anciano Androi adosara sus propias memorias al texto. También se podría suponer que Dreikk o su mujer usaran el libro para guardar hojas de cuentas, contratos de propiedad, recetas de familia, etcétera.

Ésta no sería la única vez, sin embargo, en que aumentase el número de páginas del Etter Vide.

El libro, al parecer, permaneció doscientos cincuenta años en los anaqueles de las catacumbas del Templo Mayor de Rakia. Allí fue donde lo encontró su siguiente dueño, el Inquisidor Willhem Basscaraville.

Es extraño, hay que decirlo, que un sacerdote de la costa occidental del continente, poseedor de un alto rango eclesiástico, aceptara un puesto menor administrativo como bibliotecario en una región sombría y salvaje del norte. No puedo más que suponer que el reverendo Willhem debió haberse enemistado con una autoridad mayor, quien a forma de castigo lo alejó de la soleada erudición del sur para recluirlo entre los estrechos fiordos de Rakia. Por otra parte, es bien sabido que Basscaraville era, además de un eficiente y riguroso Inquisidor, un amante de la literatura clásica y la filosofía, y debe haber encontrado al menos cierto consuelo entre los raros y mohosos volúmenes del Templo Mayor (11).

Después de siete años en aquellas escalofriantes tierras, el sacerdote tomó una de las más radicales decisiones de las que se tiene noticia en los anales de la historia eclesiástica. Por razones que aún se desconocen, el padre Basscaraville dejó Rakia a la vez que el hábito, y este abandono doble se transformó en triple cuando se despojó del nombre que había portado por cincuenta años. Me maravillé (y me asusté un poco, debo admitirlo) al descubrir que el nuevo nombre elegido por el ex-inquisidor no era otro que Làyt Manhattan, y que su identidad era la misma que la del infame brujo que corrompió a tantos fieles hace poco más de un milenio (12, 13).

Làyt Manhattan (rumeo; lit. alto mitad hombre) robó un baúl lleno de libros de la biblioteca subterránea, entre los cuales, por supuesto, se encontraba el Etter Vide. Cuando se puso precio a su cabeza, debido a sus fechorías innumerables, el hechicero huyó al desierto sur, donde encontró refugio entre los alamitas.

Ahora bien, a estas alturas yo ya empezaba a creer en una posible maldición ligada al libro. ¿Dos hombres de diferentes épocas y muy distinta naturaleza, adoptando el nombre del autor de un viejo diario de vida e incluyendo sus propias aventuras en él? Porque, efectivamente, un catálogo de la biblioteca del Sultán Ab’arahamm Ibn Rashid, ubicada en la cosmopolita Mirra, donde sabemos que Làyt pasó sus último días como ciego adivino, nos provee la siguiente entrada:

Eterna Diverada Vid ba Androniqus Çuiterbo. Donación póstuma de S.E.E.G. Vidente Man’hatahan. 134 páginas. Papiro, seda, piel y pergamino. Cuero forrado, lomo en cobre. P.g.d.s.m. Ab’arahamm Shamal. (14)

Treinta dos páginas nuevas, y, a juzgar por la fecha en la que se hizo la donación, una vida inusualmente larga. ¿Estaba en presencia de un libro maldito que se apoderaba del cuerpo y la mente de sus lectores, proporcionando a cambio una vida mucho más longeva que lo común?

De todas formas, puesto que Mirra fue destruida y saqueada por los bárbaros midrianitas en el 623 DC, parecía inútil seguir indagando al respecto. Seguramente el libro se había perdido para siempre en las llamas o bajo las dunas del desierto.

Esperaba que las posibles investigaciones de los arqueólogos e historiadores de la Era de la Luz (1100-1200 DC) me tranquilizaran, pero fue poca la ayuda que obtuve de sus escritos y archivos digitalizados.

Mis temores más bien se vieron fortalecidos cuando encontré hace unos años, por pura casualidad, dos hojas pertenecientes al diario de un comerciante naval. Estaba yo disfrutando de la suave marea y agradable temperatura del litoral del país de los alamitas (mi sobrina se había casado con un misionero cultista hacía poco, y me había invitado a pasar una temporada con ellos), cuando una ola arrojó a la orilla, a escasos metros de mi sombrilla, el cadáver semidescompuesto de un pez cofre. Fue en su correoso estómago donde encontré un corpu mento más interesante: casi del todo echado a perder, desmenuzado, deshilachado y totalmente irreconocible, un pequeño volumen de cierre metálico y tapas de cuero que había sobrevivido casi seis siglos en algún lugar mar adentro, hasta que el glotón y horroroso pez se lo había echado al buche.

Después de hacer las pruebas necesarias para determinar la edad del libro (900-1000 DC), traté de separar las páginas y descifrar su contenido. Sólo dos hojas permanecían lo bastante íntegras para permitir el escaneo y el análisis computacional, y de estas dos hojas, sólo doce líneas, en total, arrojaron un resultado positivo:

“(di)versa de Andrónico Supremo, por s(ól)o cuatrocientos golos // venderlo en Vinta o una ciudad helena, al doble o al // Eb(a)n Turín a 6 term(ist)ia 908 dc // (a) veces no puedo dejar de leer(lo), me descubro pensan(do) en el lib(ro) // día nublado, y dice que puede llover mañana // (¿quién s)ería este Andrónicus, que vivió tanto, cómo (lo) hizo? // mapa, para llegar a un sitio, para descubrir algo // (e)ntiendo, ahora, pero es tan extraño.” (15)

Debe haber sido el mayor golpe de suerte en la historia. Al menos así lo siento yo.

Eban Turín era un mercader bávaro que seguramente compró, como él mismo nos cuenta, un viejo libro por un bajo precio, pretendiendo venderlo luego a algún coleccionista por dos o tres veces su valor. Sin embargo, nunca vendió el libro. El señor Turín, veremos, cayó también bajo la maldición del Etter Vide.

En la transcripción legal de un juicio de la época, un sujeto llamado Ebraín Turín, padre de Eban, aconseja a las autoridades eclesiales encerrar a su hijo en un sanatorio, como protección tanto para la sociedad cultista como para el propio Eban, que podría terminar en la hoguera de seguir entregándose a “extraños y sacrílegos rituales”, aprendidos de un “grimorio malévolo de los hombres del desierto”.

Se deduce que el desprevenido Eban encontró una forma mejor de sacar provecho al libro, en lugar de venderlo. Sin embargo, en el mismo juicio Eban evitó defenderse en forma alguna, y ni siquiera menciona el diario. De hecho, cuando se le preguntó, utilizando técnicas de interrogación un tanto brutales, dónde había escondido el “demoníaco manual”, sus palabras fueron: “No siento dolor. El dolor no es real. Nada es lo que parece” (16).

Eban se suicidó al poco tiempo de ser encerrado, pero no se llevó consigo el secreto del escondite del Etter Vide. Al parecer, durante su corta estadía en el sanatorio Santa Galatea, tuvo la fortuna de conocer nada más y nada menos que a Eriberto Obramor, a quien confió la ubicación del volumen, si he de creer en la extensa biografía escrita por Causto Vitriossy (17) y el inventario de la subasta de sus bienes en 1146, doscientos años después de su muerte (18).

En el mencionado inventario, el libro aparece con su nombre completo original en elenio antiguo, y hace gala de las 134 páginas con que contaba en su último registro. No cabe duda de que el señor Eban no tuvo tiempo de añadir nada de su propia cosecha, aunque sí tuvo tiempo de cambiarse el nombre. Así lo atestigua la nota que dejó escrita con sangre en las paredes de su celda, y que decía solamente “Volveré pronto”. Al pie, la firma: Andrónico Suiterbo (19).

El Etter Vide fue adjudicado en la subasta de 1146 a una mujer de ciencia llamada Aurora Byrmann. Una de las frustraciones más grandes que he debido soportar en esta investigación se debe precisamente a la dedicación de la señora Byrmann.

Esta renombrada científica, ampliamente conocida entre sus pares de la época por sus estudios sobre la Teoría de la Resonancia Mórfica (20), se dedicó a transcribir el contenido del libro al lenguaje criptográfico computacional de la época.

Me dirigí con mi equipo de excavación a las ruinas de Nuova Calehdonia, antiguo hogar de Aurora Byrmann, y allí pasé unos meses entre los esqueletos de grandes edificios de concreto y los huesos oxidados de los automóviles de antaño. Me costó varias lunas, pero finalmente di con un archivador de metalovinilo, en cuyo interior descubrí maravillado un sinfín de discos plásticos rotulados, he de suponer, por la misma científica.

Uno de estos discos, sellados a nuestra decadente tecnología, lleva el título “Etter Vide” inscrito sobre su reluciente cubierta. Al analizar esta inscripción codificada con un escáner magnético, pude desentrañar el título completo del disco, pero nada más. Sin embargo, debía ser suficiente para hacerme saltar las lágrimas de felicidad, pues coincidía con el que Jophen Pokejes anotara en el catálogo de la Biblioteca de Summa Libia, 2000 años antes.

Un detalle, antes de concluir.

Al seguir el rastro vital de Aurora Byrmann, hube de consultar variados textos científicos de su época, tanto escritos por ella misma como referentes a su área del saber, pero confeccionados por otros. Todos las publicaciones científicas de Byrmann con las que di fueron impresas antes de 1147 DC. Tal vez entonces Aurora ya era demasiado vieja para seguir escribiendo tales artículos (tenía setenta y cinco años). Sin embargo, entre 1149 DC y 1178 DC otra persona publicó varios artículos relacionados, dejando bajo la firma, como tradicionalmente se hacía, las direcciones de contacto real y virtual (21).

En los artículos escritos por Aurora Byrmann, la dirección postal era Darinia Stera 65, Vandobar, Neu Caledony. Su dirección electrónica, sawl.inda.shel.32.189.

La otra serie de artículos era firmada por Andrëw Inleighten, cuya dirección postal era Burlevard Serdklum 103, Drugallia, Neu Caledony, y cuyo correo virtual era sawl.inda.shel.32.189.

Y sí, por supuesto. Andrëw Inleighten significa exactamente eso.

Id acaredae, durante los próximos meses, mientras continúo buscando la manera de desentrañar los secretos escondidos en los discos plásticos de Aurora Byrmann, pretendo dedicarme también a tareas de campo destinadas a desenterrar algunas de las bóvedas impermeables en las que los antiguos pretendían conservar los libros originales que habían sido traducidos al lenguaje informático. Es posible que, a menos que vuelva a tener un golpe de suerte tan maravilloso como el que arrojó el diario de Eban Turín a mis pies, nunca consiga encontrar el Etter Vide.

Sin embargo, la información recopilada en esta investigación, espero, será útil a quien decida hacerse dueño de la tarea, cuando yo ya esté demasiado viejo para dedicarme a algo más que leer y filosofar en una mecedora junto al balcón.


BIBLIOGRAFÍA

(1) Jophen Pokejes k.e., Hyuthatis Stante Summa Libbia Liberacus, 407 AC, manuscrito original, 407 AC, Catálogo Nº3 de Propiedades de Su Santidad, Episcopado Heleno.
(2) Ando Terbo, Guma Sales, Freyo Breve, Xerra Numele, Alzamtsum Pkolia, 412-406 AC, copias de planillas, Architect Veu, Streuss, 994 DC, Colección Privada, Clovis d’Antoinné.
(3) Göhr Shywtterd, Kruneska Rakea-sawd Mussk Pûppolarr, 76 DC, IIIª, Viro Faodensis, 652 DC, Sala de Archivos, Angelus, Episcopado Rakio.
(4) Dartomir We’ld’es, La Guerra del Cisma, Tomo IV: El Regreso, 1166 DC, Cycloppontes, u.e., Academia Helénica.
(5) Elizabetta Brumuel, Memmentae, 99 AC, Phemme Trachik Byoz, Iª, F. Vool, 1125 DC, Academia Helénica.
(6) Addon Querrihgs, Las Comedias de Nicodemo, 1498 DC, Academia Helénica, u.e., Academia Helénica.
(7) NOITAL BARKUDA, Bittakoras, 24 AC, tablillas originales, 24 AC, Museo Histórico de Nieva.
(8) Thommas F. Klapkyerr, Arkaeologya Katariense, Iª, BumPrés, 1154 DC, Instituto Cátaro de Tradiciones.
(9) SHÄPG, Bukkastät, 10 DC, cuero original, 10 DC, Sala de Archivos, Eranal, Episcopado Rakio.
(10) Ankos Summpatrisie I.M., Libro de Justicia, 16 DC, manuscrito original, 16 DC, Sala de Archivos, Angelus, Episcopado Rakio.
(11) Brinnia Strauss, Swerden Zaiaszt, Ainkwissitians, Vol. II: siclae III-IV, Iª, SanPaex, 1202 DC, Academia Helénica.
(12) Varios, Magika Incanoessentia: Hyerexis, 881 DC, Bratolio Masso, u.e., Agujatis, Episcopado Heleno.
(13) Ryzzogalde Kanno, Cartas e su Siñoría, 275 DC, manuscrito original, 275 DC, Catálogo Nº6 de Propiedades de Su Santidad, Episcopado Heleno.
(14) Desc., Sha’dai Gurim ba Mirra, 330 DC, tablillas originales, 330 DC, Biblioteca de Mirra.
(15) Eban Turín, Diario, 908 DC, manuscrito original, 908 DC, Colección Especial, Academia Helénica.
(16) Arcturus Lofht e.c.l., Joeccis me Diphinses ed Camestis a Bavaria, 910 DC, manuscrito original, 910 DC, Sala de Archivos, Fhroylan, Bavaria.
(17) Causto Vitriossy, Eriberto Obramor, IVª, Gyulian & Vid, 1190 DC, Escuela de Letras, Romanor.
(18) S. F. Hubber, Soivesta 13: Obramor E., impresión original indep., 1146 DC, Biblioteca, Romanor.
(19) Varios, Sanktea Galatta Dokkumentum: Vol. V, 911 DC, manuscrito original, 911 DC, Sala de Archivos, Fhroylan, Bavaria.
(20) Aurora Byrmann, Onn Ressaionansë Pkields: Da Intrekonnecktym Sawl Batùin Das Shels, IIª, Sckienkia, 1139 DC, Colección Privada, Bartrisse Nüghadem.
(21) Varios, Jurnal o’Byologik e’Pkissik Pkilosopkiae: Vols. IX-XXXVI, 1130-1180 DC, Roiterbyol, u.e., Academia Helénica.

NOTA FINAL:

La cronología que se describe en el Capítulo I tiene como protagonista, desde luego, al Etter Vide. La secuencia real de acontecimientos, siendo yo el sujeto principal involucrado, fue un tanto diferente, y si fue modificada se debió en parte al propósito de la investigación (hacer un seguimiento histórico de una obra determinada) y en parte a un afán melodramático. A continuación resumo los hechos que me permitieron desarrollar este artículo:

En 1497 hallé (tal vez sería mejor decir que fui hallado por) el maltrecho Diario de Eban Turín, en la Playa Balinesa de la costa septentrional de Rakshasa. Una vez llevados a cabo los experimentos de datación, dejé de lado el manuscrito por unos meses, mientras me dedicaba a otras investigaciones. Fue en la conferencia dictada por Addon Querrihgs en la primavera de 1498, sobre las Comedias de Nikodemus, que escuché sobre el otro libro que llevaba el peregrino de las manos quemadas. Mi memoria entrenada me permitió hacer la conexión, y a partir de entonces comencé a buscar más información sobre el Etter Vide. La información la encontré en los archivos computacionales de la Academia Helénica y en otras fuentes virtuales, que prefiero callar. Así supe de Aurora Byrmann y la subasta de 1146. Finalmente, tras dar con la referencia de la Biblioteca de Summa Libia, tuve el korpus listo, y me dediqué a las investigaciones anexas y a las visitas de campo en Bavaria y las tierras del norte. Mi amistad con algunos eruditos eclesiásticos me facilitó las cosas a la hora de recabar información sobre Làyt M.

Dimensiones (II)

No es tan difícil entender la Dimensión Espiritual como lo es explicarla. A la mayoría de quienes hemos atravesado las sinuosidades semánticas del mundo académico sureño, tratando de mantener cierta objetividad deísta y a la vez perdiendo gran parte de la intuición feral de las comunidades tribales, nos resultará una tarea complicada, como les ha resultado a lo largo de la historia a todos quienes han presenciado descubrimientos científicos y revoluciones industriales que echaban por tierra los pilares que, hasta entonces, soportaban la civilización.
Lo mejor que puedo hacer por el momento es afirmar la importancia del mundo material, y usarlo como piedra fundamental para edificar sobre él un mundo etéreo, imaginario, pero real (contraposición por otra parte absurda: la imaginación es real, nuestros pensamientos son reales). Hablaré de dos mundos, el material y el espiritual, sólo porque es más sencillo de aprehender, pero el objetivo final de mi estudio debería ser hallar las claves de la existencia, no las de una coexistencia con propiedades excluyentes independientes.
Será más sencillo entender el mundo espiritual si lo definimos como una propiedad del mundo material, en lugar de cómo una dimensión aislada subyacente. Ésta será entonces nuestra primera hipótesis: todas las cosas tienen una cualidad espiritual intrínseca. Todas las cosas (y todas las criaturas) proyectan campos de fuerza a su alrededor. El hecho de que en la mayoría de los casos prácticos la atracción gravitatoria o el aura electromagnética de una silla sean despreciables no significa que tales entidades físicas no estén ahí. Es posible, con el instrumental adecuado, medir tanto G como Eq, como cualquier otro campo de fuerza emanado por la individualidad denominada silla. Y estaremos de acuerdo en que, hasta hace apenas 350 años, no había forma alguna de calcular mecánicamente estos valores, y tanto G como Eq, como cualquier otro campo de fuerza ídem, eran tan sólo parte del acervo teórico de los manuales de astrología y alquimia.
Lo mismo sucede con la fuerza espiritual. Al igual que la gravedad hace medio milenio o el potencial electroquímico hace trescientos años, sabemos que existe (o algunos lo sabemos, en todo caso) y sabemos que tiene determinada influencia en la materia y las demás fuerzas naturales, influencia que muchas veces sentimos sin saber explicar; pero, lamentablemente, somos incapaces (o algunos lo somos, entre los que aseguramos su existencia) de medir objetiva y científicamente su magnitud.
Yo por lo menos no tengo la menor idea sobre cuáles son los parámetros que determinan la presencia de una mayor o menor fuerza espiritual asociada a un determinado objeto o criatura. Sabemos que la gravedad tiene que ver con la masa y el inverso proporcional de la distancia. Sabemos que el potencial electroquímico tiene estrecha relación con la composición iónica de la materia, lo que a su vez requiere un detallado conocimiento de la composición metalomolecular del espécimen. Sabemos que la temperatura tiene que ver con el movimiento, y nuestros ilustres antepasados tenían sospechas de una relación entre el número de neurofilamentos cerebrales y las difamadas actividades pseudocientíficas llamadas telepatía y telequinesis.
Casi todas las fuerzas mencionadas podían ser visualizadas directamente en base a sus consecuencias inmediatas, o transformadas en señales luminosas, sonoras o colorimétricas por diferentes instrumentos y programas computacionales, de tal forma que las relaciones mencionadas fueran evidentes e indiscutibles.
El aura espiritual, sin embargo, y por lo que yo he sido capaz de observar, no tiene relación alguna con ninguna cualidad física de la materia. O quizás, al contrario, es precisamente producto de la simple existencia de las interacciones cuánticas y el baile orbital de los electrones. ¿La gallina o el huevo? ¿Cómo saberlo?
Pero existe, os digo que existe.
Mientras la iglesia no retire a sus verdugos y queme sus guillotinas, será imposible para los que amamos nuestras cabezas dedicarnos a desentrañar adecuadamente estos misterios. Pero creo que cuando menos puedo, desde aquí, daros pistas para que halléis vosotros mismos:

1. Halla un lugar retirado, tranquilo y seguro. Idealmente, al aire libre, pero cualquier habitación silenciosa y acogedora servirá.

2. Requerirás tiempo, así que avisa a tus conocidos que no te molesten ni te interrumpan.

3. Sitúate en una posición cómoda, pero no tanto que te induzca al sueño. Tampoco debe ser una posición que requiera esfuerzo o concentración. Simplemente siéntate y no pienses más en ello.

4. Enfoca tu mirada en un punto cualquiera. Puede ser la hoja de un árbol o una cortina de lino. Trata de enfocarte en algo que vaya a estar allí al menos tanto tiempo como tú. Una nube no serviría, porque es probable que desaparezca antes de que logres nada. Una piedra o uno de tus zapatos servirá.

5. Concéntrate en ese punto y grábalo en tu retina. Luego cierra los ojos.

6. Paso a paso, tan lentamente como sea necesario, empieza a reconstruir la historia del objeto enfocado. Si elegiste un cinturón de cuero, imagínalo colgado junto a otros cintos en la tienda, imagina al vendedor, imagina al curtidor, imagina al cazador, imagina al animal del que provino el cuero, imagínalo cuando fue la cría de otro animal, cada vez más atrás en el tiempo, generación tras generación, cuando había menos gente y más bosques, imagina las colinas alzándose, antes de ser rebajadas por la erosión de los siglos, sigue hacia atrás, y luego regresa, poco a poco, sin perder de vista el pasado, de animal en animal y luego de hombre en hombre hasta tus manos. Abre los ojos y mira de nuevo el cinto. Está lleno de historia. No fue creado de la nada ayer o antes de ayer. Su olor, su forma, su textura. Miles de años condensados en un cinto.

6. Al principio te sentirás tentado de hacer saltos rápidos hacia el pasado, pero debes tratar de hacer las cosas lentamente. Cada hombre que participó en la manufactura de un tenedor tuvo una vida larga llena de años llenos de semanas llenas de horas. Imagina cada día de la vida de esos hombres. Imagina al minero extrayendo el metal. Imagina el metal en la montaña. Parece estar quieto, pero se mueve. Medio centímetro cada siglo, siglo tras siglo. Si vas hacia atrás lo verás como un río, como la sangre de la tierra. Toneladas de piedra viva encima. Kilómetros de roca ardiente debajo. Sigues hacia atrás en la vida del tenedor, hasta que la presión desaparece y el metal se desmenuza, cuando el hierro era sólo un montón de raspaduras dispersas.

7. Elige algo más. Tómate tu tiempo con cada cosa, puedes escoger una distinta cada vez.

8. Acostúmbrate a rastrear el pasado de todo lo que te rodea. Las vidas que dejaron parte de su esencia en cada cosa. Cada piedra fue alguna vez una montaña. Cada hombre fue alguna vez un montón de hombres distintos.

No te rindas. Tienes todo el tiempo del mundo. No es un concurso ni una carrera. No hay ningún premio para el que lo logre. No te obsesiones, no descuides tu vida. Nada es más importante que tu vida.

Dimensiones (I)

Hace aproximadamente dos mil años, un movimiento filosófico conocido por los escatólogos actuales como Okhamismo Fenomenológico y, en forma más acorde con el mismo propósito de la tendencia, llamado simplemente Reduccionismo por sus adherentes, intentó explicar el mundo a partir de la mínima cantidad posible de conceptos, de tal forma que cualquier individuo con una educación apenas suficiente fuera capaz, en base a su propio talento inductivo, de hallar solución a las preguntas científicas más complejas.
El reduccionista más famoso de la historia es, por supuesto, el primero, Reyniër Dekárt, a quien la Iglesia al menos no ha enterrado completamente en el olvido, si bien ha hecho gala de su tradicional eficiencia mutiladora.
Sin embargo, quiero empezar esta carta recordando las disquisiciones de otro, un matemático ciego que nació dos siglos después de la muerte de Dekárt. Nichola Gaussian (95 AC – 56 DC) perdió la vista a causa de la lluvia ácida provocada por el ejército calabro durante la 2ª Guerra Kalénica*. Eminente físico y alquímico hasta entonces, la discapacidad sufrida le impidió continuar realizando los experimentos requeridos por tales ciencias, y así Gaussian se enfocó en la geometría, la matemática teórica y la filosofía, disciplinas para las que su claridad mental y, sobretodo, tiempo libre, lo hacían especialmente apto.
Fue Gaussian quien instauró el modelo tridimensional vectorial del mundo, capaz de definir cualquier objeto en base a solamente tres coordenadas, un valor de densidad y un punto fijo, y cualquier fuerza como un vector o una suma de dos o tres vectores. La magnitud de un vector o fuerza fue también simplificada para representar un coeficiente natural entero frente a la densidad aparente (i.e. S.D.A.) del oro.
Los hijos del sistema gaussiano son demasiados para enumerarlos aquí. Desde el Modelo Cartográfico de Kupfer al sistema métrico decimal; desde las Leyes de Jëpler al Objetivismo Corpuscular de Hümmel; desde la informática previrtual a la metalurgia armamentista. La misma estructura de nuestro pensamiento, la forma en que concebimos el mundo, se asientan en un plano tridimensional modificado.
¿Modificado por quién?
Por Jerom Gruhshkvëddel (920 – 967 DC), primero, y Albus n’Shtein (992 – 1082 DC), después, quienes introdujeron el Tiempo en el modelo, tratándolo ya no como soporte universal, sino como una variable más, de tal forma que la definición de un objeto cualquiera requería ahora no tres, sino cuatro coordenadas, más un punto focal de apoyo.
Algunos teóricos de la red propusieron hace trescientos años la existencia de una quinta dimensión: la virtual. Sin embargo, era ésta una dimensión artificial, propiedad exclusiva de determinados elementos electrónicos y no una cualidad intrínseca de toda la materia. A diferencia de las otras cuatro, la dimensión virtual no sólo es innecesaria para explicar los fenómenos naturales (al menos, no hasta hace poco; el desarrollo del mundo imaginario de Sata ha permeado la realidad de una manera harto compleja, que discutiré con mayor detenimiento en otra ocasión), sino que es (de nuevo, era) incapaz de afectar a todo aquél o aquello sin los mencionados componentes electrónicos.
Ahora bien, no hace falta descartar tan a la ligera la existencia de una quinta dimensión. O de una sexta, o una enésima. Como he tratado de dejar claro en anteriores cartas, existe todo un mundo invisible más allá del alcance de los mecanismos de detección de los que disponemos, sean nuestros propios ojos y oídos o los ojos y oídos de los microscopios, los espectrómetros, los micrófonos y los amplificadores.
Por conveniencia, comprensión, y porque así me ha sido enseñado por otros más viejos y más sabios que yo, voy a llamar aquí a esa quinta dimensión la “Dimensión Espiritual”, utilizando el viejo término dualista (y pagano) acuñado por Baltz mucho antes de que el Culto hablara del Paraíso.
Os daré uno días para acostumbraros al concepto, antes de adentrarme en una descripción más detallada de la cualidad espiritual de las cosas. Espero que hayáis ido leyendo los libros que os recomendé hace un par de meses. Y recordad que El Rebelde está abierto a vuestras cartas electrónicas, y que allí podéis hacer las consultas que queráis, y discutir conmigo sobre la existencia o inexistencia de esta nueva dimensión.
Nos veremos pronto, espero.

S.A.

* Sí, leéis bien: la cáustica llovizna fue producida por el ingenio y la voluntad de los hombres. En aquel entonces el Culto era apenas un recién nacido, débil y hermoso, socorrido aquí y allá por reyes bienintencionados y terratenientes ambiciosos. Faltaban doscientos años para la instauración de la Edad Oscura del Conocimiento, y en cada país civilizado las academias y universidades rebosaban de maravillas sorprendentes, no siempre bien comprendidas, y muchas veces peligrosas, pero al fin y al cabo abiertas a la exploración y el estudio de las mentes curiosas. No es necesario recurrir al sospechoso término “magia”, que muchos de vosotros (y yo mismo) encontraréis incómodo e impreciso, para explicar el control meteorológico de los calabros. En resumen y en mis propias palabras, esto es lo que cuenta la Historia, según los archivos helenos:

El ejército calabro llegó al pie de la amurallada ciudadela de Grandia, hogar de filósofos y eruditos helenos. Una pequeña guarnición era suficiente para proteger las torres y bibliotecas del reino, ya que los altos muros espinados al sur y la mole rocosa de la montaña al norte convertían la ciudad en virtualmente impenetrable. Los calabros encendieron cientos de enormes hogueras alrededor de la base de Grandia, y los helenos se burlaron de ellos, pensando que sus enemigos querían asfixiarlos, pues el humo era arrastrado hacia las nubes por los fuertes vientos cordilleranos. Así pasaron dos días, y al amanecer del tercero las nubes comenzaron a vomitar un agua amarillenta que quemaba como fuego. La lluvia atravesó los techos de madera y acabó con gran parte de los archivos reales (los más valiosos para el rey Arcturus II eran, desde luego, los inventarios, las cartas bancarias, los derechos de posesión de tierras, las genealogías y los decretos legales). El ejército calabro se despidió entonces arrojando una segunda lluvia, esta vez de flechas incendiarias, y descendió a las llanuras sin haber perdido a un solo hombre.

No, los dioses antiguos no estaban de parte de los calabros. Como me estoy desviando demasiado del tema principal de esta carta, trataré de ser breve y claro. Las montañas de Calabria central son el ecosistema predilecto de las cabras negras de tres pezuñas (Rummia kaprystrinadia). Las heces de estos animales son extremadamente ricas en hierro y azufre, debido a que su dieta se basa en una leguminosa roja que a su vez obtiene nutrientes del oscuro suelo volcánico de la región. La incineración de los excrementos de estas cabras produce un humo muy negro e irritante, extremadamente particulado, y, como ya habéis adivinado, el quemar unas cuantas toneladas de mierda de cabra negra de tres pezuñas tiene el mismo efecto en la atmósfera cercana que una de las en otro tiempo abundantes fábricas de acero para la construcción de barcos de metal, tecnología por lo demás perdida (gracias de nuevo, cultistas).
Sin duda estaré gustoso de dar más detalles al respecto en otra ocasión, pero ahora me permitiréis regresar al propósito inicial de esta misiva. No sin antes, eso sí, agradecer fervientemente a un secreto mecenas, un hombre excepcional cuya maravillosa biblioteca privada fue fuente de estos y otros descubrimientos. Mantendré su nombre y su ubicación en la oscuridad por el momento, y me parece que él lo preferirá así. La luz, a veces, puede resultar dañina.

Palabras

Una palabra es al fin y al cabo sólo una concatenación de sonidos dispersos que da lugar a un nuevo armónico que evoca imágenes y significados en la mente del que, escuchándola, es capaz de comprenderla.
Una palabra arquetípica es básicamente lo mismo, comprendida por un porcentaje mínimo de la población, pero portadora de un significado estricto que no se presta a interpretaciones individuales.
En este sentido es fácil trazar la equivalencia con el Mundo de las Ideas (Iddespakkël) de Mür o el mucho más antiguo Mito de las Sombras de Gorme (brevemente, el mundo que observamos no es más que la sombra imperfecta de un mundo elevado y perfecto, poblado por el epítome idealizado de todas las cosas).
Por supuesto, una palabra arquetípica puede ser utilizada en una conversación intrascendente, y el locutor puede adulterar su significado siguiendo las reglas tradicionales de la oratoria, la metáfora y el símil. Más allá del contexto sin embargo, y de las limitaciones lingüísticas del auditorio, una palabra arquetípica, si es adecuadamente pronunciada y se encuentra en concordancia con la imagen mental de quien la pronuncia, será capaz de afectar el mundo (el espacio-tiempo tridimensional gussiano) con una suerte de fenómeno fásico.
Todo sonido puede explicarse como una onda o una serie de ondas. Una palabra arquetípica no es la excepción, pero puede argüirse que el patrón ondulatorio que presenta es mucho más complejo. La materia, entendida como la entendían los científicos de hace tres siglos, puede ser también explicada desde el punto de vista ondulatorio (Principio Dual de Yaiszenn'Wër y Show-Dinnger), y por tanto postulo, aunque con humildad admito que se trata sólo de una hipótesis, y una muy difícil de enfrentar, dada la tecnología con que contamos, que la vibración multifásica (de acuerdo, me he delatado, esto tiene mucho en común con la resonancia mórfica) producida al pronunciar una palabra arquetípica se expande por los alrededores barriendo el contorno del mundo hasta acoplarse como una sonda en aquel lugar donde exista un patrón idéntico o, en ciertos casos, al menos similar (de tal forma que la palabra arquetípica para “perro”, capaz de afectar a un perro, es también de afectar a un lobo en algunas ocasiones propicias).
Mucho más fácil resulta, por supuesto, en lugar de buscar alterar estructuras organizadas, crear nuevas estructuras en el éter maleable que es nuestra atmósfera, en que las ondas vagan y se entremezclan casi sin ser obstaculizadas por las complejísimas maquinarias biológicas que nos sostienen. Así, hacer aparecer una llama de la nada puede interpretarse como la preponderancia del patrón fásico arquetípico del fuego sobre los débiles patrones fásicos a la deriva.
Al meditar sobre estas cuestiones, puede parecer que lo entiendo todo y que todo es fácil. Nada más lejos de la verdad, y me disculpo. Incluso en los tiempos ilustrados de antaño, en que el corazón mismo del universo revelaba sus secretos a los científicos más osados e ingeniosos, era posible derribar la más férrea teoría con un buen experimento o, incluso, una simple revelación.
Yo apenas soy un iniciado lanzando preguntas y ofreciendo muy pocas respuestas.
Ansío profundamente discutir estos asuntos con el mundo científico. Lamentablemente, queridos colegas, en mi situación actual me resulta imposible dar a conocer mi paradero, como muchos sabréis. Ya he sido muy afortunado si esta carta ha llegado de un modo u otro a vuestras manos.
Rechazadme, criticadme, corregidme cuanto queráis, pública o privadamente, según vuestros recursos y lealtades, pero por favor, no me condenéis a la hoguera condenando a la vez vuestro propio espíritu científico y vuestra curiosidad desconcertada.
Recordad las palabras de un eminente físico, tal vez el más grande de todos los tiempos (no necesito decir su nombre):

Es cierto que el mundo podría existir sin científicos. Es más, probablemente podría existir sin ciencia. De la misma forma, un hombre puede vivir sin piernas. Está claro, desde luego, que ninguno de ellos llegará a ningún lado.

Vern

Uno de los experimentos más famosos de Vern Yaiszenn’Wër (1031-1115 DC) es el de la pecera cubierta. Si aún no ha sido borrado de la memoria de nuestras universidades se debe sólo a que, al igual que la mayoría de las investigaciones y descubrimientos de la época, las elucubraciones de Yaiszenn’Wër rara vez consiguieron burlar el muro de la teoría. La Iglesia, después de todo, si bien no promueve el pensamiento libre, no malgasta sus fuerzas condenando lo indemostrable (eso sería, después de todo, condenarse a sí misma).
El experimento de la pecera plantea algunas interrogantes ancestrales. El ensayo resulta irrisorio por su simplicidad: una pecera transparente, habitada por un único pez anaranjado, es cubierta con un paño negro completamente opaco. ¿Está vivo el pez, o está muerto, flotando barriga arriba, o quizás está medio vivo, medio muerto? ¿Existe siquiera el pez, ya que no podemos verlo? ¿Existe la pecera, acaso?
Éstas, cada cual más profunda que la anterior, son las hipótesis propuestas, que pueden resumirse con el insoluble acertijo milenario “¿hace ruido un árbol que cae en el bosque, si nadie puede oírlo?”.
La respuesta es sí, desde luego. Cientos de métodos de medición no tradicionales fueron desarrollados durante la Era de la Luz, de tal forma que los cinco sentidos naturales del ser humano quedaron obsoletos ante las capacidades infrarrojas, ultrasónicas, cuantérmicas y paneléctricas de las máquinas y dispositivos desarrollados. No hacía falta ver, oír o sentir al pez oculto para determinar su existencia y su vitalidad.
Sin embargo, en un sentido más psicológico, las preguntas de Yaiszenn’Wër seguían sin respuesta. La técnica había cambiado, así que había que cambiar la forma, extrapolar los conceptos, y llegaríamos al mismo dilema.
¿Existe el mundo cuando no podemos medirlo conscientemente?
Si cerramos los ojos, podemos asegurar que el mundo sigue allí. Incluso si estuviéramos absolutamente solos en el cosmos, simplificando el problema de considerar al resto de la población como creaciones de nuestra imaginación, aún podríamos decir que el mundo sólo ha perdido una de sus cualidades (la del color), pero seguimos siendo capaces de distinguir sus formas y texturas, saborear y oler sus componentes, escuchar sus sonidos.
Sabemos que el mundo puede afectarnos, porque estamos completamente convencidos de su existencia, y de las cadenas materiales que nos atan a él.
En definitiva, todo lo que pertenece al mundo nos afecta.
Pero, amigos mío, no todo lo que nos afecta pertenece al mundo.
Hay cosas que no vemos, voces que no oímos, sabores que no degustamos, aromas que no apreciamos, y que sin embargo modifican nuestras vidas, conducen nuestras acciones, alteran nuestros estados de ánimo.
No hagáis caso a los alarmistas del Culto, que os advierten sobre mí. Yo no quiero que seáis ciegos al mundo que nos rodea, ya os lo he dicho. Para vivir en mi mundo no necesitáis abandonar el vuestro.
Abrid los ojos.
¡¡Abrid los ojos!!

Bibliografía

A todo el mundo le parece natural hablar de imágenes reales e imágenes virtuales. La óptica sigue maravillando a quienes la descubren, pero no consigue escandalizar a nadie ya que, afortunadamente, el Culto no la ha encerrado bajo llave junto a otras disciplinas, como la física cuántica y la aerodinámica. Los anatomistas aún no han sido tildados de heresiarcas, quizás porque a diferencia de lo que ocurre con la física y la alquímica, los cuerpos de las personas no son tan fáciles de quemar como los libros, y por tanto siguen contando con muchísimo material de estudio.
Por otra parte, la óptica resulta especialmente agradable a la iglesia, al igual que el resto de la anatomía. Si bien hay quienes proclaman la perfección del cuerpo humano, está claro que se trata de un mecanismo bastante limitado, lo que lo ubica casi en el último eslabón de la jerarquía evolutiva divina.
Exaemplis graettia, el lente biconvexo a través del cual pasan todas las imágenes que somos capaces de ver, bautizado platina agnes por el talentoso y adelantado Titus Groan (que la iglesia, por supuesto, nombró santo, mostrando su tradicional oportunismo), nos vuelve a todas luces ciegos a un mundo microscópico, densamente poblado por monstruos infinitesimales, y regido por leyes que parecen perversiones de las que rigen el nuestro.
Por tanto, nos aleccionan los clérigos, si somos incapaces de apreciar las partes más pequeñas de la misma realidad material que nos rodea, cuánto más lo seremos de asir los mensajes espirituales que revolotean a nuestro alrededor. Es por eso que sólo el ojo entrenado puede ver la luz interior de los ángeles, o sólo el oído de los profetas puede escuchar las palabras de Dios.
Dejad que resuma con una palabra lo que pienso de tales enseñanzas.
Mentira.
Y no demos más vueltas al asunto: todos nosotros podemos ver lo que hay en el corazón de los ángeles (y la mayoría de nosotros deseará salir corriendo). Todos podemos escuchar la música de fondo que mueve el mundo, que muchos llaman Dios, algunos llaman dioses, y yo todavía no llamo de ninguna forma determinada.
El punto, claro, es cómo lograrlo. Incluso si existiera un método de eficiencia probada, no sería uno fácil. Pero no lo hay.
Así que por el momento, mientras yo mismo profundizo en el hasta entonces desconocido entramado de la realidad, sólo puedo desearos suerte, y aconsejaros un par de lecturas que os sirvan de introducción. He tratado de elegir libros que no hayan sido incluidos en la lista negra de la iglesia, ni que resulten demasiado exegéticos o herméticos como para ser hallados en las bibliotecas abiertas de la mayoría de las ciudades sureñas. Aquí en el norte, donde me encuentro, puede ser algo más complicado dar con ellos.

> Ethica et Aesthetica’nel Ruyno deDeus (Ética y Estética en el Reino de Dios, 259 DC, Willhem Basscaraville)

> Di Dorews o’Precepztion (Las puertas de la percepción, 1013 DC, Hal Düs Yuksley)

> Idesspakkël (El mundo de las ideas, 1150 DC, Allhan Mür)

> Da Sawl (El alma, 1165 DC, Andrëw Inleighten)

¿Qué es la realidad?

De las innumerables disciplinas filosóficas que han batallado a lo largo de la historia por imponer su respuesta, la más desacreditada por las distintas iglesias predominantes, desde los primitivos cultos panteo-animistas a la doctrina del advenimiento de Crisos y la Reformulación de la Trinidad, ha sido siempre el materialismo positivista, cuyo dogma de fe se podría resumir de la siguiente manera: ‘es real sólo lo que es tangible’.
Por supuesto, con el correr de las centurias y el desarrollo por parte de Hümmel, a finales de la Era de la Luz, de la Teoría del Objetivismo Corpuscular, la chocante afirmación fue limada de asperezas y transformada en la más suave y conciliadora oración ‘es real todo lo que se puede medir’.
El Culto, claro está, desestimó los esfuerzos de Hümmel y compañía, ya que la tecnología científica de la época, mucho más avanzada de la que hemos heredado, resultaba incapaz de medir inequívocamente conceptos tales como el alma, los sueños, las ideas o el amor. Era mucho más cómodo para los escolásticos y demás próceres de la iglesia apoyar las viejas doctrinas dualistas de Taddews y Baltz, las hipótesis relativistas de Gruhshkvëddel, Corrinho y Xao, y la Teoría de la Resonancia Mórfica de Aurora Byrmann. Todas ellas manifestaban en definitiva la existencia de cuando menos dos dimensiones o realidades, solapadas mutuamente y, dependiendo de la filosofía, estrechamente relacionadas entre sí o completamente excluyentes.
Casi invariablemente, la iglesia promulgó la hegemonía del Culto en la apresuradamente denominada ‘realidad espiritual’, un mundo en el que las leyes divinas contradecían alegremente los mandatos de las teorías científicas que organizan la ‘realidad física’. Algunos de los más devotos servidores de Dios, proclama la iglesia, son capaces de canalizar la energía mística del protoplásmico reino subyacente, desordenando leyes de otro modo intransigentes, como la gravedad o el cada vez menos entendido electromagnetismo.
Así, el mundo, obligado por el miedo a bajar la cabeza y portar el yugo de un monoteísmo intrínsecamente político y, pese a todo, muy ‘material’, aceptó sin demasiada emoción la existencia de un cielo lleno de ángeles y un infierno repleto de demonios y almas condenadas, y siguió esforzándose por luchar contra las inclemencias de una tierra incomprensiblemente injusta.
Otra manera de decir lo mismo es ésta: los hombres fueron obligados a vivir un mundo material impuesto, aspirando siempre a un mundo espiritual inalcanzable.
Los hombres siguen siendo obligados a batallar contra los elementos en una realidad que muchas veces ha sido tildada de sucia, imperfecta y pecaminosa, mancillando las posibilidades del más pío de los humildes de llegar a ver su alma sentada a la mesa de Dios.
¿Y qué es lo que yo digo? ¿Acaso niego la existencia de un mundo espiritual, más allá del nuestro, encima, debajo y alrededor del nuestro? ¿Acaso propongo olvidar el alma, abandonar la moral y vivir inmersos en el aquí y ahora, en una vorágine de los sentidos y las sensaciones?
No, no es eso lo que propongo.
Porque yo he visto. He visto un mundo, un mundo que no es otro, sino el mismo. Uno que siempre ha estado ahí. Un mundo distinto, más amplio, tal vez incluso más extraño, quizás más peligroso. No saldré a gritar a las plazas, como uno de aquellos primeros profetas, a engatusar a los hombres simples ofreciendo una vida mejor. No sé si al abrir los ojos encontraréis una vida mejor.
Después de todo, tal vez nada sea mejor que vivir como una oveja atemorizada, trasquilada cada invierno para que los pastores puedan tejerse nuevas sotanas, trotando ciegamente hacia el matadero.

Mentiras

No es difícil encontrar razones para ocultar el conocimiento. La historia es pródiga con el que busca situaciones en las que las ansias de saber son motivo de castigo. Cada civilización en la cúspide de su desarrollo tiende a jactarse de haber dilucidado todos los secretos del cosmos, ridiculizando y humillando a quienes se atreven a defender hipótesis novedosas que atentan contra el sentido común; sentido común que desde luego evolucionó a partir de un sentido muy poco común tres, dos o tan sólo una generación antes. En sociedades marcadamente autoritarias, tiranías, estados policiales y teocracias fundamentalistas, la búsqueda del conocimiento se encuentra encauzada por los poderes gobernantes, y quienes se alejan del cauce se arriesgan a algo más que el ridículo y el desprecio. Los cronistas hemos sido testigos de las infames torturas y cacerías de brujas que poblaron durante siglos las páginas de la historia, antes de que nuestro temor venciera a nuestros escrúpulos y agacháramos la cabeza frente a la cáustica luz de dios y su rencorosa iglesia. El crisol de la ciencia se ha enfriado tanto en los últimos años que ya contiene sólo una agria y pantanosa mezcla de principios oscuros e incomprensibles. La época de la razón alcanzada por la humanidad hace poco más de trescientos años fue un respiro de tolerancia y eclecticismo que los sacerdotes del culto se apresuraron a sofocar. Desde entonces el reloj retrocede acelerando uniformemente a medida que la superstición, mimetizada como un cazador furtivo tras poderosos dogmas pseudocientíficos, devora las teorías retransformándolas en sueños imposibles de visionarios locos. No podemos volar. No podemos comunicarnos sin emplear las manos, los labios, las cuerdas vocales. No podemos sintonizar los pensamientos de dios. No podemos predecir el futuro. El pasado se consume como una colilla y la iglesia, el miedo, la pereza y la desesperanza nos aprisionan en un presente edificado por unos pocos. El mundo les pertenece. Nuestros pensamientos les pertenecen. La verdad ha sido atrapada, violada, desprestigiada y vomitada convertida en un amasijo de harapos indescifrables con los que apenas podemos cubrir nuestra vergüenza. Hemos puesto el mundo en manos de mentirosos.

No tenemos muchas opciones. Podemos seguirlos ciegamente al abismo como ratas al flautista. Podemos alzarnos contra su autoridad, lanzarnos como furiosos proyectiles contra los muros de sus fortalezas, asesinarlos o morir en el intento. O podemos ser pacientes. Darles su propia medicina y mentirles.