VIDA ETERNA Y DIVERSA DE ANDRÓNICO SUPREMO
Una Investigación Exhaustiva
Por Soren Alicar
La referencia más antigua sobre el Etter Vide con la que contamos se remonta a los primeros años de la desaparecida Biblioteca de Summa Libia, la más famosa y completa que existiera entre los siglos V y II AC. En el primerísimo inventario de la misma, llevado a cabo por el escriba Jophen Pokejes, se encuentra la siguiente anotación:
Etterna Dyverara Vide ca Andoronikus Suiterbo, s.m.p.a. Relación cronológica personal del autor: nacimiento plebeyo, servicio de guerra, prolongada convalecencia, iluminación, senda profética, consejero real, testamento. 86 páginas. Papiro y seda. Cuero embreado. 124 S.A. Gravino, Gravinnia, Summa Libbia. (1)
Si bien escasa, la información resulta valiosísima y precisa. Una corta visita a los archivos administrativos de la época, tan amablemente facilitada por el exiguo escriba (año 124 del reinado de Gravino Alpkeas, es decir, año 407 AC), permite verificar la existencia de un tal Andrónico Supremo, monje y ex militar, entre los consejeros del rey Gravino.
No podemos saber a ciencia cierta cuán “diversa y eterna” puede haber sido la vida de este Andrónico, aunque impresiona, como se verá más adelante, cómo su supuesto diario de vida se las ha arreglado para aparecer una y otra vez a lo largo de la historia y en lugares tan distantes y disímiles.
Lo que sí sabemos sobre el sacerdote consejero es que también se dedicó, y con bastante éxito, a la arquitectura, y fue él mismo uno de los ideólogos de la monumental y malograda biblioteca que cobijó sus memorias por casi 300 años. Efectivamente, la firma Ando Terbo, de adecuado estilo contractual según la fecha, aparece repetidamente en los planos y bosquejos de fachada de la Biblioteca de Summa (2).
Durante tres siglos permaneció en los estantes de la biblioteca el Etter Vide, sin que nadie mostrara particular interés en él, al punto de que no existe o no he sido capaz de encontrar ningún resumen, cita o referencia sobre el misterioso libro, entre los años 407 y 99 AC.
Fue precisamente una mención pasajera y casual, realizada por una joven señora en su propio diario de vida, la primera noticia que tuve sobre el Etter Vide. La mujer, una condesa de ánimos ardientes y liberales, un tanto aburrida por la prolongada ausencia del marido y agobiada por el aislamiento, contrató para una jovial noche de banquete a un trovador ambulante de probada existencia llamado por sus coetáneos Visantos “Lenguaudaz”, y hoy tristemente famoso para los estudiosos por sus descarados plagios a los poetas clásicos (3). Al parecer, después del festejo, la condesa, Elizabetta Brumuel, instó al juglar a demostrar otro tipo de habilidades en la intimidad de su habitación. Meses más tarde su marido regresaría de la guerra y, tras enterarse de las numerosas infidelidades de la señora, la estrangularía y la lanzaría desde el balcón de su cuarto (4).
Más allá de los detalles jugosos, lo que nos interesa es la brevísima descripción que la condesa hace de un fugaz encuentro entre Visantos y un misterioso peregrino, en cuyo poder se encuentran algunos libros rescatados de las llamas que consumieran la Biblioteca Blanca cuatro años antes:
“(...) en las cercanías del bosque de abetos que hay al sur de Faeria, dijo, pasó la noche al calor de la hoguera de un transeúnte solitario y medio loco. Hubo de ayudarlo con la comida y con otras cosas, más vergonzosas y desagradables, pues las manos del peregrino no eran más que ennegrecidos muñones. Dijo éste que se las había quemado en el incendio que destruyó la biblioteca de Carlotta, la antigua Gravinnia, tratando de salvar algunos libros. Mi amado, cuyo corazón es negro y cuya lengua es de oro, intentó robarle los libros al viajero mientras dormía. Dijo que no había casi nada de valor, aunque no sé cómo Visantos, pobre simplón, sabría apreciar la grandeza de la escritura antigua. Me mencionó tres tomos. Las Comedias de Nikodemus, La Vida Eterna y Variada de Androko Summo, y un herético manual de magia negra. Como eran demasiado pesados eligió sólo uno, las Comedias, sin duda esperando aprender algo que le ayudara en su oficio de trovador errante. Yo hubiera preferido el manual de hechicería.” (5)
Los amantes de la literatura y los cazadores de tesoros vivimos de citas como ésta. De inmediato, una vez que confirmé la presencia de las dos obras mencionadas en los inventarios de la gran biblioteca de Summa Libia, me dispuse a rastrearlas afanosamente. No fue difícil dar con las Comedias. Tras nutrirse por varios años del agudo ingenio de Nicodemo, Visantos, en un tiempo de vicisitudes, vendió el clásico incunable a un barón caído en desgracia, que más tarde lo donó a un apartado monasterio, desde donde fue robado, vuelto a vender y vuelto a encontrar. Todo esto forma parte de la investigación de Addon Querrihgs, y puede ser fácilmente corroborado (6).
El Etter Vide ha sido mucho más difícil de hallar. Una vez superada la anotación errónea del título y la sutil equivocación en el nombre del autor, provocadas por la traducción imprecisa del párrafo citado, tuve que dejar de lado por un momento la búsqueda del libro, a todas luces desconocido para la mayoría de sus coetáneos, y concentrarme en la búsqueda del peregrino de las manos quemadas, quien tal vez por su desgraciada condición hubiera quedado grabado para la posteridad en algún otro pasaje casual.
Sorprendentemente, es en Nieva, a más de dos mil kilómetros de distancia de la antigua Gravinnia, donde volví a encontrar al vagabundo manco. En esta ciudad de torres chatas y verdes tejados, tan maravillosamente conservada, pude revisar los archivos administrativos de un viejísimo hostal, donde la siguiente entrada provocó mi asombro:
Torqoise 15 dal 703 Nos Mattina
– Veitto firia d’imano’icos Androi Priamo – barisla buco’icos sernal offirote – abi sola Torq 21, 34 pal. (7)
Lo primero que llama la atención es la fecha en la que el “viejo de las manos quemadas” ingresa al hostal. Han pasado casi 80 años desde su encuentro con Visantos, quien por ese entonces llevaba muerto más de cuatro décadas. Podría, por supuesto, tratarse de otro viejo desafortunado, pero resulta una coincidencia inusual que entre sus pertenencias el posadero haya tenido la deferencia de nombrar “un morral con 2 libros” (barisla buco’icos). Aceptando entonces que pueda ser éste el mismo peregrino que huyó con los libros casi un siglo antes, y que haya burlado de algún modo la cruel estadística que determinaba la muerte de 8 de cada 10 hombres que llegaban a una edad de diez lustros, tenemos por fin un nombre con el cual trabajar. Un nombre, sin embargo, que podría ser una broma o la triste obsesión de un loco. En el dialecto cátaro de la Nieva precultista, Androi Priamo significa aproximadamente “medio hombre iluminado” o “semi-hombre elevado”, exactamente lo mismo que Andronikus Suterbo al ser traducido al heleno actual.
¿Me encontraba entonces ante un loco que había leído tanto el diario de un antiguo arquitecto que había terminado por creer que se trataba de su propia vida? ¿O era sólo otro plagiador, como “Lenguaudaz”, buscando sacar provecho del nombre y la obra de un clásico (aunque en este caso, por ser alguien desconocido, no hubiese mucho provecho que sacar)? ¿O era, al fin y al cabo, sólo un alcance de nombres?
Todavía tendría que esperar mucho para saberlo.
Increíblemente, el ya anciano Androi viviría aún treinta años más, o eso he de creer, porque la única información adicional sobre él con que contamos es la inscripción de su lápida en el cementerio pagano de Nieva. En ella puede leerse “Androi Priamo, 728 NM, de su hijo Dreikk y su sufrida esposa” (8).
Seguir la pista de Dreikk Androino fue un proceso largo y considerablemente más difícil que rastrear a su padre. Empezando por Nieva, me alejé poco a poco en todas direcciones, hasta que di con la bitácora de un barco mercante rakio en la que aparecía el hijo de Androi como Segundo Contramaestre (9). El mismo libro de viajes me proporcionó la dirección del marino en una ciudad costera al sur de Rakia. Allí, bien por iniciativa propia o bien porque el recientemente instaurado Culto de Crisos lo había obligado a hacerlo, Dreikk tuvo que entregar los dos libros que le había heredado su padre (entre otras cosas más valiosas, he de suponer) a la Iglesia, o atenerse a las consecuencias por “posesión de fórmulas de hechicería”. El Libro de Justicia del Inquisidor Mayor de la zona otorgó un grado de censura máximo para el tomo Daemonikum Arkanna, pero sólo un grado medio para el Etter Vide (10). Hay que tener en cuenta que en aquellos primeros años del Culto, cuando aún no comenzaba la Revisión ni se confeccionaba el Listado, todos los libros escritos antes del año 0 AC eran requisados y censurados, aunque resultaran a todas luces inofensivos, como debería ser el libro que nos ocupa.
Hay otro dato importante en el Libro de Justicia. Junto a la entrada del Etter Vide, el inquisidor anotó “102 páginas”. Es decir, 16 páginas más que el original. Es posible, aunque poco probable debido a su incapacidad física, que el anciano Androi adosara sus propias memorias al texto. También se podría suponer que Dreikk o su mujer usaran el libro para guardar hojas de cuentas, contratos de propiedad, recetas de familia, etcétera.
Ésta no sería la única vez, sin embargo, en que aumentase el número de páginas del Etter Vide.
El libro, al parecer, permaneció doscientos cincuenta años en los anaqueles de las catacumbas del Templo Mayor de Rakia. Allí fue donde lo encontró su siguiente dueño, el Inquisidor Willhem Basscaraville.
Es extraño, hay que decirlo, que un sacerdote de la costa occidental del continente, poseedor de un alto rango eclesiástico, aceptara un puesto menor administrativo como bibliotecario en una región sombría y salvaje del norte. No puedo más que suponer que el reverendo Willhem debió haberse enemistado con una autoridad mayor, quien a forma de castigo lo alejó de la soleada erudición del sur para recluirlo entre los estrechos fiordos de Rakia. Por otra parte, es bien sabido que Basscaraville era, además de un eficiente y riguroso Inquisidor, un amante de la literatura clásica y la filosofía, y debe haber encontrado al menos cierto consuelo entre los raros y mohosos volúmenes del Templo Mayor (11).
Después de siete años en aquellas escalofriantes tierras, el sacerdote tomó una de las más radicales decisiones de las que se tiene noticia en los anales de la historia eclesiástica. Por razones que aún se desconocen, el padre Basscaraville dejó Rakia a la vez que el hábito, y este abandono doble se transformó en triple cuando se despojó del nombre que había portado por cincuenta años. Me maravillé (y me asusté un poco, debo admitirlo) al descubrir que el nuevo nombre elegido por el ex-inquisidor no era otro que Làyt Manhattan, y que su identidad era la misma que la del infame brujo que corrompió a tantos fieles hace poco más de un milenio (12, 13).
Làyt Manhattan (rumeo; lit. alto mitad hombre) robó un baúl lleno de libros de la biblioteca subterránea, entre los cuales, por supuesto, se encontraba el Etter Vide. Cuando se puso precio a su cabeza, debido a sus fechorías innumerables, el hechicero huyó al desierto sur, donde encontró refugio entre los alamitas.
Ahora bien, a estas alturas yo ya empezaba a creer en una posible maldición ligada al libro. ¿Dos hombres de diferentes épocas y muy distinta naturaleza, adoptando el nombre del autor de un viejo diario de vida e incluyendo sus propias aventuras en él? Porque, efectivamente, un catálogo de la biblioteca del Sultán Ab’arahamm Ibn Rashid, ubicada en la cosmopolita Mirra, donde sabemos que Làyt pasó sus último días como ciego adivino, nos provee la siguiente entrada:
Eterna Diverada Vid ba Androniqus Çuiterbo. Donación póstuma de S.E.E.G. Vidente Man’hatahan. 134 páginas. Papiro, seda, piel y pergamino. Cuero forrado, lomo en cobre. P.g.d.s.m. Ab’arahamm Shamal. (14)
Treinta dos páginas nuevas, y, a juzgar por la fecha en la que se hizo la donación, una vida inusualmente larga. ¿Estaba en presencia de un libro maldito que se apoderaba del cuerpo y la mente de sus lectores, proporcionando a cambio una vida mucho más longeva que lo común?
De todas formas, puesto que Mirra fue destruida y saqueada por los bárbaros midrianitas en el 623 DC, parecía inútil seguir indagando al respecto. Seguramente el libro se había perdido para siempre en las llamas o bajo las dunas del desierto.
Esperaba que las posibles investigaciones de los arqueólogos e historiadores de la Era de la Luz (1100-1200 DC) me tranquilizaran, pero fue poca la ayuda que obtuve de sus escritos y archivos digitalizados.
Mis temores más bien se vieron fortalecidos cuando encontré hace unos años, por pura casualidad, dos hojas pertenecientes al diario de un comerciante naval. Estaba yo disfrutando de la suave marea y agradable temperatura del litoral del país de los alamitas (mi sobrina se había casado con un misionero cultista hacía poco, y me había invitado a pasar una temporada con ellos), cuando una ola arrojó a la orilla, a escasos metros de mi sombrilla, el cadáver semidescompuesto de un pez cofre. Fue en su correoso estómago donde encontré un corpu mento más interesante: casi del todo echado a perder, desmenuzado, deshilachado y totalmente irreconocible, un pequeño volumen de cierre metálico y tapas de cuero que había sobrevivido casi seis siglos en algún lugar mar adentro, hasta que el glotón y horroroso pez se lo había echado al buche.
Después de hacer las pruebas necesarias para determinar la edad del libro (900-1000 DC), traté de separar las páginas y descifrar su contenido. Sólo dos hojas permanecían lo bastante íntegras para permitir el escaneo y el análisis computacional, y de estas dos hojas, sólo doce líneas, en total, arrojaron un resultado positivo:
“(di)versa de Andrónico Supremo, por s(ól)o cuatrocientos golos // venderlo en Vinta o una ciudad helena, al doble o al // Eb(a)n Turín a 6 term(ist)ia 908 dc // (a) veces no puedo dejar de leer(lo), me descubro pensan(do) en el lib(ro) // día nublado, y dice que puede llover mañana // (¿quién s)ería este Andrónicus, que vivió tanto, cómo (lo) hizo? // mapa, para llegar a un sitio, para descubrir algo // (e)ntiendo, ahora, pero es tan extraño.” (15)
Debe haber sido el mayor golpe de suerte en la historia. Al menos así lo siento yo.
Eban Turín era un mercader bávaro que seguramente compró, como él mismo nos cuenta, un viejo libro por un bajo precio, pretendiendo venderlo luego a algún coleccionista por dos o tres veces su valor. Sin embargo, nunca vendió el libro. El señor Turín, veremos, cayó también bajo la maldición del Etter Vide.
En la transcripción legal de un juicio de la época, un sujeto llamado Ebraín Turín, padre de Eban, aconseja a las autoridades eclesiales encerrar a su hijo en un sanatorio, como protección tanto para la sociedad cultista como para el propio Eban, que podría terminar en la hoguera de seguir entregándose a “extraños y sacrílegos rituales”, aprendidos de un “grimorio malévolo de los hombres del desierto”.
Se deduce que el desprevenido Eban encontró una forma mejor de sacar provecho al libro, en lugar de venderlo. Sin embargo, en el mismo juicio Eban evitó defenderse en forma alguna, y ni siquiera menciona el diario. De hecho, cuando se le preguntó, utilizando técnicas de interrogación un tanto brutales, dónde había escondido el “demoníaco manual”, sus palabras fueron: “No siento dolor. El dolor no es real. Nada es lo que parece” (16).
Eban se suicidó al poco tiempo de ser encerrado, pero no se llevó consigo el secreto del escondite del Etter Vide. Al parecer, durante su corta estadía en el sanatorio Santa Galatea, tuvo la fortuna de conocer nada más y nada menos que a Eriberto Obramor, a quien confió la ubicación del volumen, si he de creer en la extensa biografía escrita por Causto Vitriossy (17) y el inventario de la subasta de sus bienes en 1146, doscientos años después de su muerte (18).
En el mencionado inventario, el libro aparece con su nombre completo original en elenio antiguo, y hace gala de las 134 páginas con que contaba en su último registro. No cabe duda de que el señor Eban no tuvo tiempo de añadir nada de su propia cosecha, aunque sí tuvo tiempo de cambiarse el nombre. Así lo atestigua la nota que dejó escrita con sangre en las paredes de su celda, y que decía solamente “Volveré pronto”. Al pie, la firma: Andrónico Suiterbo (19).
El Etter Vide fue adjudicado en la subasta de 1146 a una mujer de ciencia llamada Aurora Byrmann. Una de las frustraciones más grandes que he debido soportar en esta investigación se debe precisamente a la dedicación de la señora Byrmann.
Esta renombrada científica, ampliamente conocida entre sus pares de la época por sus estudios sobre la Teoría de la Resonancia Mórfica (20), se dedicó a transcribir el contenido del libro al lenguaje criptográfico computacional de la época.
Me dirigí con mi equipo de excavación a las ruinas de Nuova Calehdonia, antiguo hogar de Aurora Byrmann, y allí pasé unos meses entre los esqueletos de grandes edificios de concreto y los huesos oxidados de los automóviles de antaño. Me costó varias lunas, pero finalmente di con un archivador de metalovinilo, en cuyo interior descubrí maravillado un sinfín de discos plásticos rotulados, he de suponer, por la misma científica.
Uno de estos discos, sellados a nuestra decadente tecnología, lleva el título “Etter Vide” inscrito sobre su reluciente cubierta. Al analizar esta inscripción codificada con un escáner magnético, pude desentrañar el título completo del disco, pero nada más. Sin embargo, debía ser suficiente para hacerme saltar las lágrimas de felicidad, pues coincidía con el que Jophen Pokejes anotara en el catálogo de la Biblioteca de Summa Libia, 2000 años antes.
Un detalle, antes de concluir.
Al seguir el rastro vital de Aurora Byrmann, hube de consultar variados textos científicos de su época, tanto escritos por ella misma como referentes a su área del saber, pero confeccionados por otros. Todos las publicaciones científicas de Byrmann con las que di fueron impresas antes de 1147 DC. Tal vez entonces Aurora ya era demasiado vieja para seguir escribiendo tales artículos (tenía setenta y cinco años). Sin embargo, entre 1149 DC y 1178 DC otra persona publicó varios artículos relacionados, dejando bajo la firma, como tradicionalmente se hacía, las direcciones de contacto real y virtual (21).
En los artículos escritos por Aurora Byrmann, la dirección postal era Darinia Stera 65, Vandobar, Neu Caledony. Su dirección electrónica, sawl.inda.shel.32.189.
La otra serie de artículos era firmada por Andrëw Inleighten, cuya dirección postal era Burlevard Serdklum 103, Drugallia, Neu Caledony, y cuyo correo virtual era sawl.inda.shel.32.189.
Y sí, por supuesto. Andrëw Inleighten significa exactamente eso.
Id acaredae, durante los próximos meses, mientras continúo buscando la manera de desentrañar los secretos escondidos en los discos plásticos de Aurora Byrmann, pretendo dedicarme también a tareas de campo destinadas a desenterrar algunas de las bóvedas impermeables en las que los antiguos pretendían conservar los libros originales que habían sido traducidos al lenguaje informático. Es posible que, a menos que vuelva a tener un golpe de suerte tan maravilloso como el que arrojó el diario de Eban Turín a mis pies, nunca consiga encontrar el Etter Vide.
Sin embargo, la información recopilada en esta investigación, espero, será útil a quien decida hacerse dueño de la tarea, cuando yo ya esté demasiado viejo para dedicarme a algo más que leer y filosofar en una mecedora junto al balcón.
BIBLIOGRAFÍA
(1) Jophen Pokejes k.e., Hyuthatis Stante Summa Libbia Liberacus, 407 AC, manuscrito original, 407 AC, Catálogo Nº3 de Propiedades de Su Santidad, Episcopado Heleno.
(2) Ando Terbo, Guma Sales, Freyo Breve, Xerra Numele, Alzamtsum Pkolia, 412-406 AC, copias de planillas, Architect Veu, Streuss, 994 DC, Colección Privada, Clovis d’Antoinné.
(3) Göhr Shywtterd, Kruneska Rakea-sawd Mussk Pûppolarr, 76 DC, IIIª, Viro Faodensis, 652 DC, Sala de Archivos, Angelus, Episcopado Rakio.
(4) Dartomir We’ld’es, La Guerra del Cisma, Tomo IV: El Regreso, 1166 DC, Cycloppontes, u.e., Academia Helénica.
(5) Elizabetta Brumuel, Memmentae, 99 AC, Phemme Trachik Byoz, Iª, F. Vool, 1125 DC, Academia Helénica.
(6) Addon Querrihgs, Las Comedias de Nicodemo, 1498 DC, Academia Helénica, u.e., Academia Helénica.
(7) NOITAL BARKUDA, Bittakoras, 24 AC, tablillas originales, 24 AC, Museo Histórico de Nieva.
(8) Thommas F. Klapkyerr, Arkaeologya Katariense, Iª, BumPrés, 1154 DC, Instituto Cátaro de Tradiciones.
(9) SHÄPG, Bukkastät, 10 DC, cuero original, 10 DC, Sala de Archivos, Eranal, Episcopado Rakio.
(10) Ankos Summpatrisie I.M., Libro de Justicia, 16 DC, manuscrito original, 16 DC, Sala de Archivos, Angelus, Episcopado Rakio.
(11) Brinnia Strauss, Swerden Zaiaszt, Ainkwissitians, Vol. II: siclae III-IV, Iª, SanPaex, 1202 DC, Academia Helénica.
(12) Varios, Magika Incanoessentia: Hyerexis, 881 DC, Bratolio Masso, u.e., Agujatis, Episcopado Heleno.
(13) Ryzzogalde Kanno, Cartas e su Siñoría, 275 DC, manuscrito original, 275 DC, Catálogo Nº6 de Propiedades de Su Santidad, Episcopado Heleno.
(14) Desc., Sha’dai Gurim ba Mirra, 330 DC, tablillas originales, 330 DC, Biblioteca de Mirra.
(15) Eban Turín, Diario, 908 DC, manuscrito original, 908 DC, Colección Especial, Academia Helénica.
(16) Arcturus Lofht e.c.l., Joeccis me Diphinses ed Camestis a Bavaria, 910 DC, manuscrito original, 910 DC, Sala de Archivos, Fhroylan, Bavaria.
(17) Causto Vitriossy, Eriberto Obramor, IVª, Gyulian & Vid, 1190 DC, Escuela de Letras, Romanor.
(18) S. F. Hubber, Soivesta 13: Obramor E., impresión original indep., 1146 DC, Biblioteca, Romanor.
(19) Varios, Sanktea Galatta Dokkumentum: Vol. V, 911 DC, manuscrito original, 911 DC, Sala de Archivos, Fhroylan, Bavaria.
(20) Aurora Byrmann, Onn Ressaionansë Pkields: Da Intrekonnecktym Sawl Batùin Das Shels, IIª, Sckienkia, 1139 DC, Colección Privada, Bartrisse Nüghadem.
(21) Varios, Jurnal o’Byologik e’Pkissik Pkilosopkiae: Vols. IX-XXXVI, 1130-1180 DC, Roiterbyol, u.e., Academia Helénica.
NOTA FINAL:
La cronología que se describe en el Capítulo I tiene como protagonista, desde luego, al Etter Vide. La secuencia real de acontecimientos, siendo yo el sujeto principal involucrado, fue un tanto diferente, y si fue modificada se debió en parte al propósito de la investigación (hacer un seguimiento histórico de una obra determinada) y en parte a un afán melodramático. A continuación resumo los hechos que me permitieron desarrollar este artículo:
En 1497 hallé (tal vez sería mejor decir que fui hallado por) el maltrecho Diario de Eban Turín, en la Playa Balinesa de la costa septentrional de Rakshasa. Una vez llevados a cabo los experimentos de datación, dejé de lado el manuscrito por unos meses, mientras me dedicaba a otras investigaciones. Fue en la conferencia dictada por Addon Querrihgs en la primavera de 1498, sobre las Comedias de Nikodemus, que escuché sobre el otro libro que llevaba el peregrino de las manos quemadas. Mi memoria entrenada me permitió hacer la conexión, y a partir de entonces comencé a buscar más información sobre el Etter Vide. La información la encontré en los archivos computacionales de la Academia Helénica y en otras fuentes virtuales, que prefiero callar. Así supe de Aurora Byrmann y la subasta de 1146. Finalmente, tras dar con la referencia de la Biblioteca de Summa Libia, tuve el korpus listo, y me dediqué a las investigaciones anexas y a las visitas de campo en Bavaria y las tierras del norte. Mi amistad con algunos eruditos eclesiásticos me facilitó las cosas a la hora de recabar información sobre Làyt M.